Así Östlund consolida su esfuerzo en favor de un renovado cine de tesis y que provoca la reflexión, pero lo hace evitando el intelectualismo ideológico, sin renunciar a una factura digna de Hollywood e intentando ser 'la comedia perfecta para nuestro tiempo'. Eso es especialmente importante en El triángulo de la tristeza, porque Östlund quiere mostrar como se vive la lucha de clases en el capitalismo de la imagen, de los cuerpos espectacularizados, del consumismo audiovisual y de los nuevos equilibrios entre géneros.
Allí la lucha de clases aparentemente ya no existe o se ha pacificado gracias a la corrección woke de una sociedad avanzada, del reconocimiento, inclusiva, ‘civilizada’ y donde -en principio- todo el mundo habla en voz queda y educadamente. Por tanto, no esperen ver protestas, boicots ni enfrentamientos aunque hay infinidad de momentos donde el choque de clase es óbvio y el final -muy coherente- es limitrofe con una revolución violenta.
Evitaré desvelar detalles que puedan perjudicar la visualización de la película que, claramente, se centra en la lógica del funcionamento de la lucha de clases y no tanto en sus manifestaciones más violentas. Por eso, cuando no se pueden evitar algún estallido, la aproximación cinematográfica hacia él es brillantemente irónica, más insinuada que no explícita e incluso -cuando hay momentos gore- estos no giran alrededor de la sangre. Predomina la ridiculización de las contradicciones, hasta el punto que, cuando el capitán y un magnate se confrontan ideológicamente, lo hacen en pleno delirio etílico.
Tampoco se filman fábricas ni confrontaciones políticas, sino elegantes cruceros de lujo y
desfiles espectacularizados, sin embargo la lucha de clases
está omnipresente pero se manifiesta desde el fin de las ideologías. Solo podemos apuntar algunos ejemplos. Los
protagonistas son una pareja de modelos e influencers que toman conciencia de
sus roles en un entorno donde es habitual que las mujeres cobren el triple que
los hombres, se considera de mal gusto los enfrentamientos ideológicos, toda violencia es sublimada y se evita el derramamiento explícito de sangre humana.
Aquí
empieza la primera clase sobre la lucha de clases: Las empresas divertidas prefieren
que sus modelos desfilen alegres, obsequiosos, impulsando el público hacia
ideales juveniles, populares, woke, basados en valores inclusivos, bonistas,
bienintencionados y que dicen ‘ven con nosotros, todos somos bienvenidos’...
Rápidamente, concluye que esas marcas divertidas suelen estar dirigidas al gran público, ser baratas y pagan
menos a los modelos.
En
cambio, las empresas serias quieren modelos que proyecten una imagen dura,
fría, distante, jerárquica, que se hace rogar y que -incluso- abofetea el
público diciéndole que no podrá comprar ni poseer sus productos porque son la
puerta para acceder a clubs muy selectos y selectivos... porque son productos
que marcan claramente la diferencia social. Ello los convierten en carísimos pero, a cambio hacen, que paguen mucho mejor a los modelos en sus desfiles.
Rápidamente
los participantes en el casting entienden que es mejor ser contratados por
empresas serias y carísimas, poco divertidas, nada baratas y -por lo tanto-
entienden la utilidad de desfilar con distancia, dureza, incluso agresividad y comunicando
claramente al público que los productos que ofrecen no están a su alcance, puesto
que no tienen lo que hace falta para poseerlos, que -como me gusta recalcar-
son básicamente tres cosas: dinero, más dinero... y todavía mucho más dinero!
Como
ilustración de esta paradójica dualidad, en la siguiente escena vemos a Carl
presenciando un desfile de su compañera Ya-Ya. A pesar de estar sentado en primera fila, los organizadores sitúan un grupo de invitados VIP de última hora
en el centro de la primera fila, todo el resto es desplazado a lugares menos
privilegiados (como la pasa a Carl). En el show y desfile, hay una clara
dualidad entre un producto woke, con una dulce modelo y la música clásica de
una violinista que rápidamente se tiene que retirar, eclipsada por una marca
‘seria’, con muchos decibelios de música moderna, rítmica, acelerada, metálica
y Ya-Ya desfilando con mucha fuerza, agresiva, provocativa, como superior al
público y recibiendo una atención apabullante. La càmara se deleita con ella y
vemos los ojos de Carl y de todo el mundo seguirla con detenimiento.
Quod erat demonstrandum: la explicación del entrevistador ahora se ha ajemplificado contundentemente y sitúa Ya-Ya jerárquicamente mucho por encima de Carl, que había sido desplazado de la primera fila a la tercera o cuarta. Estarán conmigo en que todo es muy diverso en las formas, pero muy similar en el fondo: lucha de clases para influencers sofisticados. Descubrimos que el ingenuo y peor pagado Carl forma pareja con la exitosa Ya-Ya porque ella piensa que así suman más seguidores en las redes.
Las experiencias discriminatorias de clase y genero continúan para Carl. En la cena para celebrar el exitoso desfile de Ya-Ya, tiene que pagar la cuenta porque ella se despreocupa y -claro- el camarero la deposita por defecto ante el señor de la mesa. Hábilmente, Östlund muestra como Carl experimenta la dificultad de ‘hablar’ del subalterno (teorizada por Spivak) y articular su educado e incluso sumiso recordatorio de que Ya-Ya había prometido pagar el caro restaurante.
Es sutil como la pareja se ha intercambio el papel incómodo, ingénuo y romántico habitual, haciendo que Carl cargue con la imagen de ser el que se preocupa farisaicamente por el mero dinero. Pero, incluso aquí, resulta que Ya-Ya ¿la clase o género dominante?, al evitar concientemente pagar la cuenta del restaurante, estaba poniendo a prueba a Carl, para ver si sería capaz de asumir el rol de esforzado marido rico dispuesto a todo para dar lo mejor a su 'esposa trofeo'. Resulta que la muy joven modelo había pensado en el final de su inevitablemente corta carrera profesional y estaba considerando su posible jubilación como 'esposa florero', es decir aquella que visualiza ante la sociedad el éxito marital.
Parece que Carl no consigue dar la talla al respecto y la pareja continúa unida de momento a base de arrumacos y con Carl afirmando romántica y esforzadamente '¡conseguiré que te enamores de mí!' Hemos apuntado tan solo algunas de las experiencias de lucha de clases para influencers, del inicio de la película, pero habrán muchas más y quizás de nivel y complejidad superiores a lo largo de todo el film.
Por ejemplo, pronto descubrimos que la pareja Carl/Ya-Ya tiene pasaje gratuito en un crucero de superlujo porque hacen promoción de él, ejerciendo de influencers y forman parte -sean conscientes o no- del producto ofrecido en el crucero. Son también una cierta guinda en el pastel y, por eso, pronto Carl sentirá que le pueden ‘robar’ Ya-Ya y actuará con una astuta y discreta contundencia para minimizar el peligro.
Abreviando, los episodios de lucha de clases y géneros se suceden: una superrica bienintencionada pero insufriblement estúpida y tiránica nos permitirá descubrir el proletariado invisible del crucero, que se oculta y afana en las cocinas y compartimentos de los pisos bajos. También se nos muestrán como emergen formas nuevas de opresión incluso en el bonismo de gama alta.
No
les explicaré el gran guiñol de un capitán permanentemente borracho porque está
harto del papel que representa y el caótico delirio en el banquete que tiene
que presidir y que es digno de los hermanos Marx. Hay una interesante esgrima
etílica de citas que evidentemente incluye al otro Marx, Karl Marx, frente a un
oligarca ruso que se enriqueció con los 'residuos' -literalmente- de la URSS. Finalizando, solo les diré que
incluye un naufragio muy instructivo, que actualiza la inversión de la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo, los orígenes de la lucha
de clases y un final lúcido pero poco revolucionario.
Evito aguarles las mútliples e ingeniosas sorpresas de El triángulo de la tristeza, que es un
título voluntariamente irónico y remite -creo- a que los influencers viven de dar la sensación de que para ellos no hay
‘tristeza’. Como la sociedad señorial anterior a la revolución, creen habitar en un mundo ‘Sans soici’, literalmente ‘sin
preocupación’, que significativamente era el nombre del Versalles prusiano en Postdam, al lado de
Berlín.

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