Jan 23, 2026

LUCHA DE CLASES Y DE GÉNERO


Después de dos excelentes películas Force Majeure (2014) y The Square (2017), Ruben Östlund gana la Palma de oro en Cannes 2022 con ‘El triángulo de la tristeza’. Este director, productor y gionista mantiene un control completo de su trabajo, que es apreciablemente provocativo y regenerador del panorama cinematográfico. Aquí, propone una trama que es una auténtica clase crítica de lucha de clases destinada a influencers, modelos de moda y gente aparentemente muy diferente de los proletarios y de los intelectuales comprometidos.


Así Östlund consolida su esfuerzo en favor de un renovado cine de tesis y que provoca la reflexión, pero lo hace evitando el intelectualismo ideológico, sin renunciar a una factura digna de Hollywood e intentando ser 'la comedia perfecta para nuestro tiempo'. Eso es especialmente importante en El triángulo de la tristeza, porque Östlund quiere mostrar como se vive la lucha de clases en el capitalismo de la imagen, de los cuerpos espectacularizados, del consumismo audiovisual y de los nuevos equilibrios entre géneros

Allí la lucha de clases aparentemente ya no existe o se ha pacificado gracias a la corrección woke de una sociedad avanzada, del reconocimiento, inclusiva, ‘civilizada’ y donde -en principio- todo el mundo habla en voz queda y educadamente. Por tanto, no esperen ver protestas, boicots ni enfrentamientos aunque hay infinidad de momentos donde el choque de clase es óbvio y el final -muy coherente- es limitrofe con una revolución violenta. 

Evitaré desvelar detalles que puedan perjudicar la visualización de la película que, claramente, se centra en la lógica del funcionamento de la lucha de clases y no tanto en sus manifestaciones más violentas. Por eso, cuando no se pueden evitar algún estallido, la aproximación cinematográfica hacia él es brillantemente irónica, más insinuada que no explícita e incluso -cuando hay momentos gore- estos no giran alrededor de la sangre. Predomina la ridiculización de las contradicciones, hasta el punto que, cuando el capitán y un magnate se confrontan ideológicamente, lo hacen en pleno delirio etílico.

Tampoco se filman fábricas ni confrontaciones políticas, sino elegantes cruceros de lujo y desfiles espectacularizados, sin embargo la lucha de clases está omnipresente pero se manifiesta desde el fin de las ideologías. Solo podemos apuntar algunos ejemplos. Los protagonistas son una pareja de modelos e influencers que toman conciencia de sus roles en un entorno donde es habitual que las mujeres cobren el triple que los hombres, se considera de mal gusto los enfrentamientos ideológicos, toda violencia es sublimada y se evita el derramamiento explícito de sangre humana.


El prólogo de la película -que lamentablemente es posible que coja el público desprevenido- presenta un casting de modelos masculinos, todos con pantalones pero con el torso desnudo. Un entrevistador pregunta a Carl si prefiere desfilar para una marca ‘divertida’ o ‘seria’. Desconcertado, Carl opta por una de divertida, pero el entrevistador con aparente banalidad le hace entender que las mejores son las serias. 

Aquí empieza la primera clase sobre la lucha de clases: Las empresas divertidas prefieren que sus modelos desfilen alegres, obsequiosos, impulsando el público hacia ideales juveniles, populares, woke, basados en valores inclusivos, bonistas, bienintencionados y que dicen ‘ven con nosotros, todos somos bienvenidos’... Rápidamente, concluye que esas marcas divertidas suelen estar dirigidas al gran público, ser baratas y pagan menos a los modelos.

En cambio, las empresas serias quieren modelos que proyecten una imagen dura, fría, distante, jerárquica, que se hace rogar y que -incluso- abofetea el público diciéndole que no podrá comprar ni poseer sus productos porque son la puerta para acceder a clubs muy selectos y selectivos... porque son productos que marcan claramente la diferencia social. Ello los convierten en carísimos pero, a cambio hacen, que paguen mucho mejor a los modelos en sus desfiles.

Rápidamente los participantes en el casting entienden que es mejor ser contratados por empresas serias y carísimas, poco divertidas, nada baratas y -por lo tanto- entienden la utilidad de desfilar con distancia, dureza, incluso agresividad y comunicando claramente al público que los productos que ofrecen no están a su alcance, puesto que no tienen lo que hace falta para poseerlos, que -como me gusta recalcar- son básicamente tres cosas: dinero, más dinero... y todavía mucho más dinero!

Como ilustración de esta paradójica dualidad, en la siguiente escena vemos a Carl presenciando un desfile de su compañera Ya-Ya. A pesar de estar sentado en primera fila, los organizadores sitúan un grupo de invitados VIP de última hora en el centro de la primera fila, todo el resto es desplazado a lugares menos privilegiados (como la pasa a Carl). En el show y desfile, hay una clara dualidad entre un producto woke, con una dulce modelo y la música clásica de una violinista que rápidamente se tiene que retirar, eclipsada por una marca ‘seria’, con muchos decibelios de música moderna, rítmica, acelerada, metálica y Ya-Ya desfilando con mucha fuerza, agresiva, provocativa, como superior al público y recibiendo una atención apabullante. La càmara se deleita con ella y vemos los ojos de Carl y de todo el mundo seguirla con detenimiento.


Quod erat demonstrandum: la explicación del entrevistador ahora se ha ajemplificado contundentemente y sitúa Ya-Ya jerárquicamente mucho por encima de Carl, que había sido desplazado de la primera fila a la tercera o cuarta. Estarán conmigo en que todo es muy diverso en las formas, pero muy similar en el fondo: lucha de clases para influencers sofisticados. Descubrimos que el ingenuo y peor pagado Carl forma pareja con la exitosa Ya-Ya porque ella piensa que así suman más seguidores en las redes

Las experiencias discriminatorias de clase y genero continúan para Carl. En la cena para celebrar el exitoso desfile de Ya-Ya, tiene que pagar la cuenta porque ella se despreocupa y -claro- el camarero la deposita por defecto ante el señor de la mesa. Hábilmente, Östlund muestra como Carl experimenta la dificultad de ‘hablar’ del subalterno (teorizada por Spivak) y articular su educado e incluso sumiso recordatorio de que Ya-Ya había prometido pagar el caro restaurante. 

Es sutil como la pareja se ha intercambio el papel incómodo, ingénuo y romántico habitual, haciendo que Carl cargue con la imagen de ser el que se preocupa farisaicamente por el mero dinero. Pero, incluso aquí, resulta que Ya-Ya ¿la clase o género dominante?, al evitar concientemente pagar la cuenta del restaurante, estaba poniendo a prueba a Carl, para ver si sería capaz de asumir el rol de esforzado marido rico dispuesto a todo para dar lo mejor a su 'esposa trofeo'. Resulta que la muy joven modelo había pensado en el final de su inevitablemente corta carrera profesional y estaba considerando su posible jubilación como 'esposa florero', es decir aquella que visualiza ante la sociedad el éxito marital. 

Parece que Carl no consigue dar la talla al respecto y la pareja continúa unida de momento a base de arrumacos y con Carl afirmando romántica y esforzadamente '¡conseguiré que te enamores de mí!' Hemos apuntado tan solo algunas de las experiencias de lucha de clases para influencers, del inicio de la película, pero habrán muchas más y quizás de nivel y complejidad superiores a lo largo de todo el film. 

Por ejemplo, pronto descubrimos que la pareja Carl/Ya-Ya tiene pasaje gratuito en un crucero de superlujo porque hacen promoción de él, ejerciendo de influencers y forman parte -sean conscientes o no- del producto ofrecido en el crucero. Son también una cierta guinda en el pastel y, por eso, pronto Carl sentirá que le pueden ‘robar’ Ya-Ya y actuará con una astuta y discreta contundencia para minimizar el peligro. 

Abreviando, los episodios de lucha de clases y géneros se suceden: una superrica bienintencionada pero insufriblement estúpida y tiránica nos permitirá descubrir el proletariado invisible del crucero, que se oculta y afana en las cocinas y compartimentos de los pisos bajos. También se nos muestrán como emergen formas nuevas de opresión incluso en el bonismo de gama alta.

No les explicaré el gran guiñol de un capitán permanentemente borracho porque está harto del papel que representa y el caótico delirio en el banquete que tiene que presidir y que es digno de los hermanos Marx. Hay una interesante esgrima etílica de citas que evidentemente incluye al otro Marx, Karl Marx, frente a un oligarca ruso que se enriqueció con los 'residuos' -literalmente- de la URSS. Finalizando, solo les diré que incluye un naufragio muy instructivo, que actualiza la inversión de la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo, los orígenes de la lucha de clases y un final lúcido pero poco revolucionario.

Evito aguarles las mútliples e ingeniosas sorpresas de El triángulo de la tristeza, que es un título voluntariamente irónico y remite -creo- a que los influencers viven de dar la sensación de que para ellos no hay ‘tristeza’. Como la sociedad señorial anterior a la revolución, creen habitar en un mundo ‘Sans soici’, literalmente ‘sin preocupación’, que significativamente era el nombre del Versalles prusiano en Postdam, al lado de Berlín.

A partir del artículo 'Lucha de clases para influencers: Triangle of Sadness (2022, Ruben Östlund)' de G. Mayos presentado en FICDER10,  10º Encuentro Interplanetario de Ficción y Derecho, el sábado 24 de enero en la Facultad de Derecho de la UBA, en Buenos Aires. 







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