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Jun 13, 2014

LENGUAJE Y MACRO-PHILO-SOPHIA

¿Hay filosofía más allá del lenguaje? ¿O como el lenguaje es la “casa del ser” (Heidegger), la filosofía sólo “puede estar en casa” en y a través del lenguaje? ¿Si la humanidad no puede salir de “la prisión del lenguaje” (Nietzsche), la filosofía es “bailar con las cadenas” de la palabra? ¿Es un amor al saber que sólo en y por el lenguaje puede concebirse, satisfacerse… o incluso: intentarse? 

La filosofía es logos, es decir: a la vez palabra y razón. Es una palabra que, inseparablemente, quiere dar razón del cosmos (el universo ordenado) y de las ideas (eidos) que expresan esa ordenación. En la Grecia clásica, la filosofía nace como saber-ciencia (episteme), es decir como logos cognitivo. Ello significa que aspira (philo) a ser un lenguaje epistémico que va más allá, tanto de lo meramente y retóricamente fascinador, como del mero testimoniar de forma narrativa la circunstancia presenciada (historia).

La filosofía aspira a ser el nuevo y riguroso uso de del lenguaje de quien ama la sabiduría (philo-sophos) y que quiere decir-comprender racionalmente (logos) a la verdad (aletheia). Como uso del lenguaje (logos), en la Grecia clásica la filosofía comienza formulada poéticamente (poiesis) pero -distanciándose progresivamente de la poesía y la teología- la filosofía tiende a expresarse “prosaicamente”, a aspirar a desvelar prosaicamente la verdad (aletheia). Con sorpresa, admiración y escándalo, descubre todos los arcanos implícitos en el “hablar en prosa” (como “El burgués gentilhombre” de Molière).

Si el lenguaje es la “prisión” de la que no podemos escapar, también es por tanto nuestra única “casa”. La palabra y el logos es nuestro único sentido, la condición de nuestro pensar, la existencia que permite existir a la razón humana, los únicos “asidero” y esperanza humanos (Javier Muguerza). Son la condición ontológica, epistemológica y antropológica de la condición humana, los límites últimos de nuestra manera de ser y existir. 

Sin la palabra, la realidad empírica no se hace verdadera experiencia humana. No se humaniza y las “cosas” permanecen meramente “en sí” (Hegel), nouménicas (Kant), mudas, brutales, inhumanas, sinsentido… Sin duda es ésta una brutalidad e inhumanidad menos dolorosa que la expuesta por el profesor Leonardo Franceschini, pues allí se percibe esa crueldad “demasiado humana” que Nietzsche expone en toda su bajeza (pero que nos resulta extrañamente próxima pues enraíza en la peor parte de nosotros mismos). 

Nos faltan palabras, pues son hechos que nos duelen e indignan tan profundamente que la cultura no puede esconderlos “monumentalizadamente” (W. Benjamin) ni bajo “barrotes de oro” (Rousseau). Por eso incluso el silencio como opción humana (cuestión planteada por el decano Prof. Francisco Matte Bon) va más allá del silencio absoluto y tiene un sentido filosófico: el silencio como opción es otro tipo –mudo- de grito, es un gesto muy significativo, vehicula mucha búsqueda de sentido y es –en definitiva- un acto no verbal pero profundamente lingüístico. Por eso el silencio como opción sólo es posible –como tal gesto, “grito” o acto- para un ser lingüístico como lo es el humano. Ya recordó Heidegger que, sólo el ser capaz de hablar, puede callar, "guardar silencio".

Por otra parte, siendo el lenguaje a la vez prisión sin fuga posible y los únicos casa, razón, asidero y esperanza. Define la totalidad que nos define. El lenguaje nos marca los límites de la condición humana. Es la palabra que nos permite decírnoslo todo y –a la vez- la totalidad de nuestro decir.

El lenguaje es nuestro marco más grande, más “macro” y –por ello- cuando la filosofía aspira a su máxima potencialidad es y siempre fue: macrofilosofía. Pues la macrofilosofía y -como hemos visto- toda auténtica filosofía aspira a ser logos, palabra y razón que desvele la verdad (aletheia) del cosmos y que es -a la vez- nuestra única “casa” y los límites de nuestra “prisión”.

Si el lenguaje es la condición humana y, por tanto, el sistema más omniabarcante al que la humanidad tiene acceso, define las fronteras últimas de la filosofía. Y ésta cuando aspira al ser, a la sabiduría, al pensar holistamente… es necesariamente “macrofilosofía”. Como afirmaba Hegel, la filosofía cuando aspira a su culminación dialéctica (literalmente “a través de la palabra”) se proyecta como sistema y filosofía de la totalidad, y por tanto como macrofilosofía.

Esa demanda griego-clásica, hoy es más necesaria que nunca antes, pues la modernidad ha vivido la hiperespecialización de los saberes, las ciencias y las disciplinas. La modernidad ha impuesto la proliferación de las fronteras académicas, la parcelación de las cuestiones, la escisión de los saberes, la separación de las problemáticas, la oposición de paradigmas científicos y la disciplinación a ultranza de los métodos, los expertos y los protocolos investigativos.

Bajo esta tiranía moderna, la filosofía de raíz griega se ha visto constreñida hoy a limitarse a cuidar del riquísimo “canon” heredado. Tal tarea es necesaria, imprescindible y admirable; pero además ha desplazado “culpablemente” a la “filosofía cósmica” (Kant), al “¡sapere aude!” (el atreverse a saber sin cortapisas, limitaciones ni coacciones disciplinarias) y a la “parresia” griega (la valentía o libertad “para decirlo todo” y, por tanto, de decir la verdad).

La disciplinación moderna bajo saberes ultraespecializados estigmatiza la macrofilosofía de raíz griega. Condena y ridiculiza su originaria aspiración a desvelar la razón cósmica, a plantear las cuestiones humanas últimas, a fundamentar los principios axiomáticos y/o a un decir donde nada humano le fuera ajeno (Terencio).

La disciplinada hiperespecialización moderna, bajo el mito de la pragmaticidad técnica y del control positivista ha querido convertir la interpretación crítica de la filosofía en mera técnica filológico-exegética. El canon heredado ha sustituido a la admiración por el cosmos e incluso a las preguntas radicales. La ontología o la filosofía del presente devienen así prácticamente imposibles o, al menos, un error pretencioso.

Entonces el lenguaje –esa “casa” o “prisión” que delimita la condición humana- pasa a reducirse a texto cerrado y concluso que se opone y esconde al con-texto que le dió y le da sentido. Un textualismo positivizante esconde el con-texto vital y real que siempre da el sentido de la filosofía, de la macrofilosofía.

Por eso son tan importantes hoy las tendencias postdisciplinares. Muestran que los problemas, las reflexiones, las críticas y los aprendizajes reales están constreñidos por disciplinaciones heredadas. Éstas tuvieron sin duda su sentido en otros tiempos, pero el presente reclama pensar lo multi-, trans-, macro-, poli- y interdisciplinar.

Con lúcida humildad –que siempre ha acompañado a la mejor filosofía- sabemos que no estamos en un mundo psotdisciplinar y que (todavía y quizás por siempre) necesitamos de las disciplinas. Vivimos en el marco de saberes especializados, distintos paradigmas, métodos opuestos, comunidades diversas de expertos, “campos intelectuales” (Bourdieu) bien delimitados, académicos en lucha, vigilantes colegios profesionales, celosos institutos de investigación, etc.

Pero también sabemos que la filosofía fue la madre de todas las ciencias y saberes. Percibimos hoy que éstos reclaman coordenadas que los contemplen y macroteorías que los vinculen. También la gente pide y añora interpretaciones que den sentido global a su vida. ¡En la época de la globalización sólo el sentido y los saberes no son globales!

Sólo una filosofía que vuelva a sus raíces griegas-clásicas puede jugar ese papel que hoy es más importante que nunca antes. Precisamente cuanto más hiperespecializados son todos los saberes y ciencias, tanto más notan la necesidad de que la filosofía reasuma su responsabilidad crítica y su tarea “cósmica”. Así lo intenta la macrofilosofía. Asume este diagnóstico del presente, la larga tarea con mucho futuro que comporta y un pasado basado en el sentido griego-clásico del filosofar.

En esta dirección fue mi conferencia en la UNINT Università degli Studi Internazionali di Roma del 22-5-2014. Fue un placer participar en el posterior sabio debate con los profesores Hector Febles, Lorenzo Blini y Francisco Matte Bon (el decano de la facultad). 

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