Excepto casos vandálicos, que hay que evitar, las
manifestaciones actuales en Brasil son un signo positivo. Son enormes,
multitudinarias, interclasistas, mayoritariamente pacíficas y cívicas. Muestran que las
jóvenes generaciones y la clase media quieren tutelar cada vez de más cerca a la
política y al gobierno.
Además
gozan de la simpatía del
conjunto de la ciudadanía y la "mayoría silenciosa" los ve como sus
portavoces. De ahí su popularidad en todas partes, no siendo el Brasil
ninguna excepción, sino todo lo contrario. Sólo la violencia de unos pocos puede bloquear, lo que es un hecho esperanzador.
Como el
movimiento 15M o las primaveras árabes, muestran una enorme capacidad para
coordinarse de formas nuevas y muy eficaces. Sorprenden al poder, a los
políticos y a las administraciones, despertándolos de sus rutinas “partidarias”
–cuando no corruptelas-. Inesperadamente las avenidas y las plazas devienen “ágoras”
políticas y escenarios privilegiados para la ciudadanía.