Gonçal Mayos PUBLICATIONS

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May 21, 2021

KITSCH 1: EL SÍNDROME DE LA MUERTE DEL ARTE

Arte malogrado

Es muy significativo que la aparición del Kitsch dejase boquiabierta la pazguata y escandalizada alta cultura de la segunda mitad del siglo XIX. Con sospechosa unanimidad, denunció el Kitsch como no arte; incluso son muchos los que lo vieron como el antiarte por antonomasia y los más integristas lo acusaron de ser literalmente el mal social y estético.

Predominaba el menosprecio del naciente Kitsch simplemente considerándolo como un arte malo, malogrado, deficitario, de miras miserables, sin aspiraciones, de técnica muy limitada e incluso realizado con materiales pobres. En fin, el Kitsch se presentaba más bien como mala artesanía para un público de nuevos ricos que no sabían distinguirla del Arte con mayúsculas. Era un subarte y una infrabelleza que no sabía reconocerse como tal ni mantenerse a una humilde y conveniente distancia.

Era un subproducto consumista y un sucedáneo esteticista de un mundo cada vez más industrializado, que ya no podía aspirar a lo realmente artístico ni incluso apreciar la artesanía de calidad. Acompañaba los deficitarios productos de la industria mecánica que William Morris lamentaba y quería mejorar, pues era una excrecencia de la era de la reproductibilidad técnica del arte (Walter Benjamin).

Por otra parte, el Kitsch era el lógico resultado del gusto de las nuevas clases medias pequeñoburguesas que querían diferenciarse del pueblo llano y envidiaban a las elites, pero a las cuales no conseguían emular. Era la contradictoria mezcla de la fascinación por la alta cultura con los déficits crónicos tanto en el gusto sin pedigrí como en la ejecución artística. Por eso las críticas en contra del gusto pequeñoburgués y del Kitsch fueron más inclementes que contra el tradicional arte folclórico popular.


Evitando aplicarle el noble término ‘opus’ -obra como auténtica creación-, las elites dictaminaron que todo objeto Kitsch no sólo era objetivamente feo, sino radicalmente falso y constitutivamente malvado. Se lo demonizó como algo mentiroso, hipócrita, vicario y putativo pues se maquillaba para pasar como arte tan sólo para entregarse lascivamente por unas pocas monedas, ensuciando así un ideal que era infinitamente superior a él.

De ahí sale el atractivo diabólico y la perversa seducción obsequiosa que lo Kitsch ejerce sobre las masas ineducadas pero también sobre las elites masoquistas, censuradoras o faltas de objetivos mejores. Pues el Kitsch aparece como la más funesta subversión anárquica en contra de las debidas jerarquías, de los valores establecidos, de lo humano superior y de lo fue establecido por la divinidad.

El Kitsch era conceptualizado, pues, como algo tan alejado a la Belleza platónica -que es inseparable de la Verdad y de la Bondad-, para que no tuviera que preocupar ni a los auténticos artistas, ni a los críticos bien formados, ni tampoco a las elites superiores, en los que siempre se había focalizado el gran arte. No debería pues representar algo realmente nuevo ni preocupante que hubiera patanes o incluso masas desinformadas que confundieran la belleza con la ganga, esa excrecencia rechazada del proceso artístico que, por tanto, se vendía muy barata.


La alta cultura tradicional podía continuar tranquila y convenientemente distinguida (Pierre Bourdieu), separada y protegida de esa ganga del Kitsch. Pues tenía tan solo una existencia residual, menor, no valorable en sí misma, prescindible, sin importancia y sin significación.



Pero algo no debía funcionar, porque décadas después de que se había asumido ¡en el fondo sin demasiado escándalo! la tesis hegeliana de la ‘muerte del arte’, el miserable y sin pedigrí Kitsch era denunciado como trampa malvada, arte malévolo, astucia maligna y engendro malintencionado. Sorprendentemente, ¡parecía preocupar más el Kitsch que la muerte del arte!

¿Por qué esa paranoia con el Kitsch? Si el arte ha muerto ¿qué importancia tienen esos objetos menospreciables? Ahora bien, si lo que había muerto era sobre todo la hegemonía incontestable de unas elites y su muy circunscrito modelo estético (Norbert Elias), el Kitsch no era tan solo una estética deficitaria sino un modelo otro, una antinorma, incluso un tipo de arte posthegemónico, postreligioso y postmetafísico. Visto así, lo Kitsch aparecía como algo serio y resultaba muy amenazante la simple idea de que el futuro del arte podría tener que ver con él o con algo de él. La alta cultura temblaba sólo con pensar que lo Kitsch pudiera ser un signo de los tiempos por venir.

Ciertamente el sepelio del arte tradicional quedaba deslucido con un invitado tan inesperado e inconveniente. No era agradable imaginarse lo Kitsch alimentándose, como los gusanos, del cadáver todavía caliente del gran arte. Pero sobre todo parecía que molestaba su aspiración a vivir indiferentemente ante esa defunción. Aún más indignaba que lo Kitsch pudiera heredar un mundo del arte desacralizado y agonizante.


¿Era el Kitsch ese hijo con trazas de rímel y aliento alcohólico al que unánimemente y sin distinción los allegados dan su más sentido pésame -a pesar de constatar su falta de respeto por el difunto- porque saben que va a heredar todo el patrimonio? La vida injusta permite a los herederos escupir sobre los grandes próceres a los que lo deben todo, con independencia de los respectivos méritos. El arte heroico y sagrado moría mientras que -cínicamente y como una nueva secta del perro- el Kitsch escupía sobre él.





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