Como planteó
Max Weber, la modernidad europea desarrolla un profundo proceso de
desencantamiento del mundo, desacralización de la cultura y secularización de
la sociedad. Ahora bien, la edad moderna no es constitutiva ni mayoritariamente
atea como algunos han querido creer, sino más bien una compleja lucha de
proyectos políticos, sociales y culturales enfrentados y –por tanto- de
diversos equilibrios entre los antagonistas.
Unos quieren
desacralizar el mundo, lo cual a menudo conlleva naturalizar lo humano (Hume,
Lamettrie, Darwin…) y lo divino (Spinoza, Feuerbach…). Ahora bien también hay
esfuerzos en dirección contraria que quieren divinizar y sacralizar lo humano y
lo natural (Vico, Pascal, Goethe, la Naturphilosophie, Hamann, Jacobi,
Schelling…). Son posiciones que van desde el tradicionalismo antimundano y
trascendente (salvación en la otra vida) al deísmo, panteismo o monismo
inmanentista que sacraliza la existencia ahora y aquí.
















