Feb 9, 2014

¿CAPITALISMO EMOTIVO O ANTISENTIMENTAL?

La macrofilósofa judía Eva Illouz ha popularizado la denominación “capitalismo emotivo” con su libro del 2007 Intimidades congeladas y otros donde analiza fenómenos cercanos. Con estudios muy transversales, Illouz ha mostrado la inseparable imbricación en el capitalismo occidental entre lo económico y lo emotivo, los números y las pasiones, el trabajo y el placer, la represión y el deseo… Hay que reconocer que en todo ello estamos todavía en los inicios y que hay muchos secretos y sorpresas en ese capitalismo que creemos conocer tan bien.

A un nivel mucho más divulgativo y comercial también ha causado expectación la socióloga Catherine Hakim con su libro Capital erótico (2011). Además ha polemizado con el feminismo, acusándolo de bloquear o no facilitar que las mujeres puedan aprovechar libremente su propio “capital erótico” en un mundo como el actual que, considera, les es más favorable que en épocas anteriores.
Creo que es alguna discípula o partidaria de Hakim la que recientemente ha iniciado un celebrado cruce de mensajes en un portal financiero norteamericano (republicado por Mibrujula.com). Me ha sorprendido que existan cosas parecidas pues se trata de una especie de sección de consultas y consejos donde, junto a secas solicitudes de informaciones financieras, hay también cartas que parecen un homenaje al franquista consultorio de doña Francis.

Pero sin duda es muy interesante que en la actual crisis post2008, donde todos nos hemos convertido un poco en economistas y críticos del sistema financiero, se admitiera (si no se generó por el propio staff del portal) una consulta que en otro tiempo se habría considerado “sentimental” y se habría relegado a las secciones tradicionalmente menospreciadas como “femeninas” de diarios y revistas. Sin duda es un nuevo capítulo a tener en cuenta de ese “capitalismo emotivo” o ese “capital erótico” que también tenemos que comprender.

Como veremos, usar aquí el término “sentimental” es muy engañoso pues, ni la carta inicial de una mujer ni la respuesta posterior del “millonario”, tienen nada de sentimental. Pero ya se sabe que en los asuntos del “corazón” se suele imponer un crudo pragmatismo, cuando se mezclan con los de la cartera y con enlaces matrimoniales y patrimoniales (noten como cambia el sentido, simplemente cambiando la raíz femenina o masculina del término).

La primera sorpresa es que alguien haga una carta de consultorio sentimental en un portal financiero, aunque como veremos se parta de la paradoja de la ausencia total de sentimentalidad en las actitudes y discursos, e implícitamente se muestre la clara disposición a instrumentalizar los sentimientos


En su consulta inicial, la mujer -con lenguaje muy directo y admirable concisión- se presenta como “hermosa (yo diría que muy hermosa) de 25 años, bien formada y tengo clase” e –inmediatamente- manifiesta su objetivo: quiere casarse con un millonario, un auténtico y sobrado millonario.

Al parecer ha tenido experiencias con millonarios pero menos: “hombres que ganan de 200 a 250 mil”. Ejemplifica lo que busca con una conocida jerarquía de barrios guay de Nueva York  pues ella aspira a vivir en el Central Park West o como mínimo en Tribeca. Por eso decide: “Quiero casarme con alguien que gane como mínimo medio millón de dólares al año” y pide que la aconsejen, dirigiéndose a las esposas de millonarios de ese nivel ¡se supone que también son lectoras del portal financiero!

Pero, como era de suponer, la respuesta no llega de una de estas esposas sino del propio millonario. Seguramente la solicitante se equivocó gravemente de medio y forma. Como además menospreció totalmente el impacto de los sentimientos, es contestada en el mismo brutal registro discursivo. Pero gracias a tales errores, nosotros podemos analizar su propuesta, la del millonario y –como veremos- remontarnos en la historia para mostrar como todo cambia mucho, para permanecer en el fondo muy similar.

Alguien que afirma ganar efectivamente más de 500 mil dólares por año responde a la consulta citada con la misma calculada y fría racionalidad de la solicitante. Soy consciente que este aspecto es lo que da cierta gracia a un asunto bastante miserable por otra parte. Pues resulta que el millonario ha llegado a serlo haciendo números (no sé si trabajando) y concluye contundentemente que “Lo que Ud. ofrece, visto desde la perspectiva de un hombre como el que Ud. busca, es simplemente un pésimo negocio.”

La explicación es digna de los cursos o libros de negocios (sospecho que la anécdota se inicia precisamente allí) y es también muy directa y concisa: “lo que Ud. propone es un simple negocio: Ud. pone la belleza física y yo pongo el dinero.” E inmediatamente se refiere a una profunda ley de vida que rápidamente me recordó al poeta renacentista francés Pierre Ronsard, pues dice el millonario: “Con seguridad, su belleza va a decaer, y un día va a terminar”.


Pierre Ronsard
Precisamente eso les echaba en cara Ronsard a sus amores cuando estos insistían en permanecer platónicos y no respondían como él quería a sus avances. En un famoso “Soneto para Helena” (1574) Ronsard recuerda a ésta -que le rechazaba- que sorprendentemente pronto “Yo estaré bajo tierra, y fantasma sin huesos / reposaré junto a la sombra de los mirtos, / y tú serás una anciana junto al hogar encogida."

Ahora bien el millonario en cuestión no se pone tan trágico ni poético y -en cambio- alude a una ley desagradablemente confirmada durante la crisis que vivimos: mientras tanto “lo más probable es que mi dinero continúe creciendo.” Es decir la belleza y la juventud se desvanecen rápidamente, pero el dinero y el capital tienden a perpetuarse e incluso a acrecentarse.

El millonario acierta cuando dice con cínico pragmatismo: “en términos económicos, Ud. es un activo que sufre depreciación y yo soy un activo que rinde dividendos. Ud. no sólo sufre depreciación, sino que, como ésta es progresiva, ¡aumenta siempre!” ¡La belleza y la juventud no pueden sinó degradarse como afirma -mucho más en general- la segunda ley de la termodinámica. 

Significativamente el millonario no menciona el final último de ese proceso en que la muerte vuelve a igualar a todo el mundo: la joven bella, el poeta y el millonario; pues al parecer éste último pretende gozar de la longevidad y persistencia de su dinero y del capital.

Olvidando también la caducidad del "valor de uso" del dinero y riquezas, el millonario va desgranando contundentemente los principios económicos aplicados a la belleza-juventud frente a un capital que parece no tener edad ni temer a la muerte: “Ud. está hoy en “alza”, en la época ideal de ser vendida, no de ser comprada.” Por eso y como cualquier activo de este tipo, el frío y racional mercado “valora” la belleza en el mejor momento de su juventud como “en ‘trading position (posición para comercializar), y no en ‘buy and hold’ (compre y retenga)”.

Eso último equivaldría al matrimonio que, o bien es para toda la vida, o bien suele incluir un suculento divorcio. Por eso el mencionado millonario ve mal negocio “a mediano o largo plazo” en esa posibilidad y prefiere proponer una transacción a más corto plazo, pues “alquilarla puede ser en términos comerciales un negocio razonable que podemos meditar y discutir usted y yo.”

Para ello el presunto millonario propone, con cínica pero absolutamente racional coherencia, establecer una “certificación de cuán ‘bien formada, con clase y maravillosamente linda’ es” la chica consultante, incluyendo -¡cómo no!- “una prueba, o sea un ‘test drive…’” Pero insiste que, evidentemente, no se trataría de un acuerdo matrimonial sino para una operación más temporal y fácilmente rescindible. Algo parecido a eso que muchos lamentablemente tienen que firmar para trabajar en escuelas y universidades: un “contrato de obra y servicio”.


Como hemos evitado hasta ahora todo sentimiento, evitaremos precisar, denominar, calificar o adjetivar el tipo de “obra y servicio” que el presunto millonario está dispuesto a firmar con la presunta belleza. Pero, por si no quedara todo claro, el “millonario” insiste en concluir: “como comprarla es un mal negocio, por su devaluación creciente, le propongo alquilarla por el tiempo en que el material esté en buen uso.” Y firma “Un millonario que por eso es millonario”.

Creo que a todas luces no tiene demasiada importancia si la anécdota o las presuntas cartas son auténticas, o si más bien son creación ad hoc de algún periodista asistente a cursos de MBA. Ello no cambia demasiado la reflexión y crítica que nos provoca, pues el imaginario social y cultural es tan real y descriptivo (si se estudia y analiza bien) de la realidad social, como muchos otros hechos aparentemente más apegados a la realidad. Aunque sea falsa la anécdota, en esos discursos encontramos mucho de lo que podemos reflexionar y diseccionar como “capitalismo emotivo” o “capital erótico”.

No hace falta pues que exista concretamente la belleza fríamente casamentera de la consulta ni tampoco el cínico y calculador “millonario”, pues todos conocemos personas reales que se aproximan peligrosamente a ellos. Por ello esas actitudes y valores no nos son extraños, al contrario a mí me parecen especialmente pertinentes al estado mental, actitudes y valores que surgen de la crisis post-2008. Pues también el “capitalismo emotivo” va cambiando con las circunstancias.

Alguien dirá que esas actitudes son tan viejas como el capitalismo e incluso como la humanidad misma. Pero creo que durante períodos de “fiesta” económica (como la “Belle Époque”, los famosos “30 gloriosos” o las “burbujas financieras e hipotecarias”), el cínico economicismo de la consulta y su respuesta quedaba escondido por el entusiasmo y la efervescencia del momento. Por ello, “transacciones” económicamente erróneas o “malos negocios” similares al propuesto por la presunta belleza eran más fácilmente aceptados, mientras que paralelamente las bellezas casamenteras no reflexionaban tan crudamente sus objetivos.


En todo caso insisto en algunos elementos que nos hieren o sorprenden a pesar que todos estamos curados de espanto: en primer lugar el frío, calculado, ultrapragmático y ultrarracional cinismo en la concepción de sentimientos humanos como el amor y de relaciones como el matrimonio.

En segundo lugar vale la pena destacar el rechazo o –mejor dicho- el completo obviar de cualquier perspectiva emotiva, sentimental o pasional (más allá de querer dinero y vivir bien). El deseo está presupuesto a todo el discurso, pues se parte de que la  belleza, la juventud, la clase… es deseable como también lo es el dinero

Ahora bien, es un deseo objetivado, racional, universalizable… planteado en términos de mercado, de "valor de cambio" más que "valor de uso", de lo que los mercados valoran o desean… Y no de lo que alguien concreto y personal puede desear por ejemplo de una mujer o de un hombre, de una relación, de la vida… ¡Que es algo mucho menos predecible, calculable y universalizable! Bueno, al menos así lo creo.

También sorprende y debemos destacar la seguridad existencialmente extraña (al menos para un filósofo que ha leído Ronsard o los existencialistas) del millonario que, en plena crisis mundial, confía tanto en su dinero y su continuado aumento… Incluso lo considera mucho más sólido, seguro, fiable, no devaluable… que virtudes de indudable valor en una sociedad del espectáculo y del hedonismo como es la actual.

Creo recordar que analistas franceses se sorprendieron cuando cuantificaron que los beneficios aportados durante las décadas de los 1950 y 1960 por Brigitte Bardot y vieron que eran superiores a los de las fábricas Renault. Y evidentemente las virtudes de la Bardot eran por entonces la belleza, el saber actuar y eso que se llama “clase” o “glamour”.


Desde entonces se han multiplicado infinitamente los beneficios o ¿por qué no decirlo? la “productividad” (¿pues de eso se trata, no?) generados por fenómenos como los Elvis Presley, los Beatles o los Rollings, Claudia Schiffer, las más conocidas modelos y actrices, Madonna, Messi, etc.

En el capitalismo postindustrial y la sociedad del conocimiento pero también del espectáculo, tales artistas o “empresas” (pues funcionan como auténticas empresas) “producen” más beneficios y dinero que grandes, sucias y contaminantes plantas industriales… y con miles de trabajadores.

Pero finalmente, quiero destacar un aspecto más humano y existencial que parecen olvidar tanto la presunta belleza como el presunto millonario. Se trata no sólo de la conciencia de la muerte que todo lo iguala y de la que no podemos escapar, sino también la conciencia de una vida, unos valores, unos sentimientos y unas experiencias más allá de lo cuantificable y medido por los mercados.

Por eso recordaré dos ideas que elaboró maravillosamente Pierre Ronsard y que aparentemente se contradicen. Pues la una remite a la única pervivencia (al menos en nuestra sociedad y en la Tierra) de la buena o bella, filosófica o poética, amable o odiable memoria que uno haya dejado de sí mismo y sus obras:
“dirás maravillada, mientras cantas mis versos: / «Ronsard me celebraba, cuando yo era hermosa», / Ya no tendrás sirvienta que tales nuevas oiga / y que medio dormida ya por la labor / se despierte al oír el sonido de mi nombre, / bendiciendo el tuyo con inmortal alabanza.”

En cambio, la otra canta el tiempo presente que huye y llama a aprovechar (hedonistamente o de otra forma, eso depende de cada uno) el tiempo y la vida de los que cada uno dispone muy limitadamente :
“Lamentando mi amor y tu desdén altivo / 
Vive, créeme, no aguardes a mañana: / 
Coge desde hoy las rosas de la vida.”

3 comments:

  1. Hola Gonçal,
    La anécdota –poco importa si es real o inventada- es realmente ilustrativa de estos tiempos de “turbocapitalismo”. Ciertamente, se podría objetar que la concepción más fría, racional e interesada del amor y la sexualidad, de eros, no es nueva y que la literatura y el arte –esos espejos del alma de la persona, pero también de una época y un contexto social dado, tan o más agudos que los sesudos estudios históricos, sociológicos y antropológicos- hace siglos que nos lo muestran. Baste, en este sentido, con recordar la conducta y las motivaciones de buena parte de los personajes de la Celestina, o la de Valmont y Mme. De Merteuil en Les Liaisons dangereuses.
    Sin embargo, la existencia de este tipo de conducta y de mentalidad quedaba circunscrito y limitado por un sinfín de normas sociales que regulaban lo que se consideraba lícito y lo que no. La costumbre, las creencias religiosas, los convencionalismos sociales, la moral imperante y el miedo al “qué dirán” acotaban muy seriamente el despliegue del cálculo más instrumental y ciego o, cuando menos forzaban a disimularlo. A fin de cuentas, la Celestina, por mucho dinero que pudiera albergar, era poco menos que una proscrita en términos sociales, mientras que el buen crédito y la buena fama de Valmont y la marquesa se basaba, justamente, en su habilidad por parecer virtuosos, altruistas y decentes.
    Por otra parte, a medida que el cálculo racional, el “desencanto del mundo” y la pérdida de todo ideal o valor trascendente en aras del dinero se iban imponiendo de la mano del avance del capitalismo y de la burocracia moderna, el amor y la sexualidad se iban, al menos parcialmente, “desinstitucionalizando”, desligándose de las ataduras sociales y de los matrimonios por conveniencia para pasar a basarse en el amor y la pasión, convirtiendo así al hogar en el último refugio, en el santuario que nos protege de un mundo exterior desprovisto de alma. Podemos sospechar, y con razón, que el “amor romántico” ha sido más un ideal –no exento de cargas ideológicas- que una realidad generalizada, pero, aun aceptando este crucial matiz, mantenía su vigencia como modelo de actuar y como concepción ideal de lo que debe ser la vida en pareja y en familia.
    He escrito “existía” porque, a raíz del ejemplo que expones, de los argumentos que ofreces y de los análisis de Eva Illouz y otros sobre el amor y la pareja en los tiempos de Internet y del capitalismo desbocado, parece que, por primera vez en la historia, asistimos a un doble y paralelo proceso: por un lado, las emociones, impulsos y deseos adquieren, más que nunca, un alto valor de mercado, son una fuente virtualmente inagotable de beneficios, de marketing, y, además, sirven como un “capital” en el sentido que Bourdieu dio al término, es decir, como una herramienta para posicionar al individuo en la escala social, para mejorar la imagen y la posición social de éste. Por otro lado, hoy el interés más crudo, el cálculo más explícito y la racionalidad más descaradamente instrumental se adentran, ya sin miedo ni complejos, en nuestra subjetividad, en nuestra intimidad. Hoy ya resulta lícito exponer abiertamente la intención de calcular el coste y el beneficio económico en los dominios de eros.
    Parece, pues, que hoy más que nunca dinero e impulsos convergen, se convierten en un activo intercambiable que, a diferencia de lo que ocurría en otras épocas, entran de lleno en la intimidad y –lo que es tanto o más significativo- puede ser expuesto sin tapujos ni remordimientos.

    Saludos,

    Lluís

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  2. En los vínculos románticos, ahora hay atracción sexual, de tal modo que en el otro, "uno tiene que sentir que es una bomba, que le gusta el sexo, que le gusta dar y recibir placer". De este modo, la sensualidad es clave en la elección de pareja. Pero habrá un escollo, y es que en esa búsqueda de la "química" no hay parámetros objetivos.
    Ver más en:
    http://mystikeepopteiaperagirche.blogspot.com.es/

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  3. Hola Lluís y Sílvia, vuestros dos profundos comentarios me obligan a prometer otro post para poder contestarlos adecuadamente. Saludos.

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