Sep 8, 2013

¡SOSTENIBILIDAD POR LA GUERRA? ¿MÁS ALLÁ DE KANT?

En la actualidad, paz y sostenibilidad ecológica están sin duda profundamente unidas. El crecimiento demográfico; el agotamiento de muchos recursos minerales, energéticos y ecológicos; y –por supuesto- la avidez insaciable de hombres, empresas y Estados; hacen cada vez más plausibles las guerras por el control o apropiación de esos recursos. Ello incluye recursos tan básicos y modernamente tan menospreciados como el agua (como destaca el importante informe del Atlantic Council presentado el 2012 al presidente Obama). 

Por una dialéctica perversa, precisamente en la misma medida que destruimos y agotamos nuestro entorno ecológico, éste va revalorizándose y convirtiéndose en causa de más guerras y violencias. Es lamentable que en lugar de dedicar esfuerzos y recursos para hacer sostenible nuestra “pisada ecológica” en la Tierra y así garantizar que nuestros descendientes tendrán posibilidades similares a las nuestras; los Estados, empresas y mucha población se esfuercen por controlarlos, acapararlos o apropiárselos violentamente.

Por ello, la sostenibilidad ecológica se está convirtiendo en una de las principales condiciones de posibilidad y retos más importantes para un orden internacional pacífico y cosmopolita (como le gustaba adjetivarlo a Kant). Sin alcanzar algún tipo de sostenibilidad a medio o largo plazo no habrá auténtica posibilidad de paz ni de convivencia pacífica en el mundo.

El reto es hoy enorme y, en gran medida, paradójico. Pues sin alcanzar algún tipo de orden cosmopolita mundial parece que no será posible la paz generalizada, ni tampoco el establecimiento de acuerdos que faciliten la sustentabilidad ambiental. Pero -como hemos apuntado- sin esos acuerdos ni sostenibilidad, la guerra amenazará cada vez más la paz y, por tanto, todo justo orden cosmopolita mundial… e incluso la dignidad de la mayoría de la población.

Sin duda un modo de vida totalmente opuesto a la sostenibilidad ecológica y –por tanto- la previsible lucha internacional por unos recursos escasos que individuos, empresas y países quieren reservarse para sí, son las causas más previsibles (y en continuo aumento) de violencia internacional a corto y medio plazo. Por tanto podemos considerar la sustentabilidad ecológica global como una condición y reto que hay que añadir a los teorizados por Kant, ya hace más de dos siglos.

Así lo destaca Diva Safe en su tesis de maestrado “Sustentabilidade ambiental e orden internacional cosmopolita. Uma reflexão sobre a atualidade do projeto kantiano de Paz Perpétua” defendida recientemente en la Universidade Federal de Goiás ante un tribunal formado por el director Prof. Dr. Hans Christian Klotz, la Profa. Dra. Márcia Zebina Araújo da Silva y yo mismo.

Ahora bien, a pesar de la enorme grandeza filosófica, moral y humana de Kant; los retos de la paz y la sostenibilidad ecológica parecen hoy exigir la superación de sus planteamientos, pues estos muestran lógicas limitaciones del momento histórico en que vivió. Destaquemos brevemente algunas matizaciones críticas a Kant y la necesidad en la actualidad de ampliar sus planteamientos.

Hay que reconocer en primer lugar que, todavía hoy, Kant es seguramente quien más profundamente ha pensado las condiciones de posibilidad de la paz internacional y su importancia para una vida humanamente digna. En oposición al Leviathan de Hobbes, al inicio de su escrito “Sobre la paz perpetua” quiere oponerla a “la paz de los cementerios” (que más bien es la condición del despotismo político y espiritual). Pero su realismo político, obliga a Kant a valorar la paz (no necesariamente justa) como condición radical e imprescindible de todo orden político y jurídico, así como de los derechos humanos y las garantías más básicas como el derecho a la vida.

Kant sostiene que todo efectivo derecho, orden, garantía legal… presuponen y comienzan con la paz; de forma similar a como -para Hobbes- todo derecho y tranquilidad comenzaba con el estado civil (siendo inexistente en el estado de naturaleza). Lamentablemente y desde esta perspectiva, la impuesta, amenazante y poco digna “paz de los cementerios” (sólo basada en el miedo a la  muerte) resulta tan básica, necesaria e imprescindible para cualquier marco político estable u orden jurídico, como pueden serlo otras versiones más humanitarias de la paz.

Sin duda Kant pensaba y deseaba legitimar sobre todo la paz garantizadora de la plena dignidad humana, pero su planteamiento también resulta válido y coherente para la paz obtenida por mera obediencia y terror (la paz de los cementerios). Por tanto Hobbes y quizás teóricos aún más descarnados del autoritarismo, aparecen amenazadoramente detrás de los –siempre muy dignos y humanos- argumentos de Kant.

Por otra parte Kant consigue dibujar transcendentalmente las condiciones de posibilidad de la paz mundial y un orden cosmopolita que pueda garantizarla. Y Diva Safe las expone con gran eficacia y claridad en su tesis. Ahora bien, tal planteamiento permanece en el plano de las condiciones de posibilidad de unas realidades futuras y del deber, con lo que faltan los elementos empíricos que hacen plausible su realización efectiva (sin caer en la falacia naturalista que teorizó Hume). 

Concentrado específicamente en esta tarea, Kant consigue obviar las múltiples dificultades que tales condiciones transcendentales de una realidad futura (hoy –por tanto- hipotética) inevitablemente encontraran para realizarse efectivamente (como le critica Hegel). Y es que, con su magistral distinción y separación arquitectónica de problemáticas y ámbitos, Kant deja para otros escritos (por ejemplo de filosofía de la historia) el apuntar los mecanismos reales que plausiblemente pueden impulsar en dirección a la paz perpetua y un orden cosmopolita.

Goiânia
Sería el caso –como recuerda Diva Safe- y siguiendo Hume y Adam Smith del comercio como un mecanismo que afiance la paz y un orden internacional. Sin duda el comercio genera dependencias y beneficios mutuos que desincentivan el uso de la violencia. De hecho éste ha sido el camino básico de la Comunidad Europea, pues las facilidades para el comercio y lo económico han sido seguidas lentamente por todavía pequeños avances en lo jurídico, político y social. Además en el actual capitalismo cognitivo turboglobalizado, el aislamiento de los intercambios económicos y –sobre todo- de las novedades tecnológicas tiene un coste importantísimo que los países pueden difícilmente asumir. Por ello ese mecanismo tiene hoy una fuerza seguramente superior a la que tenía a finales del siglo XVIII.

Ahora bien el gran mecanismo real propuesto por Kant es lo que llama la “insociable sociabilidad” que también ha sido clave para la instauración de la Comunidad Europea, pues en origen era un intento de poner fin a la lucha intraeuropea por la hegemonía, a las guerras franco-alemanas y a los conflictos mundiales. Recordemos que Kant considera que la “insociable sociabilidad” caracteriza a los humanos hasta el punto que les impulsa -incluso a los Estados enfrentados- a constreñirse mutuamente y generar algún tipo de orden articulador de los conflictos.

Kant evita explicitar la crudeza de esa constricción mutua, pero sin duda no está muy alejada a lo teorizado por Hobbes o incluso Maquiavelo. Por tanto la violencia, la guerra y la ausencia de paz sería uno de los mecanismos reales que –quizás- podrían impulsar finalmente la paz y el orden cosmopolita. Sólo así –como si fuera un “plan oculto de la naturaleza” dice Kant- las vigilancias y coacciones mutuas de la “insociable sociabilidad” humana podrían llevar a la humanidad a construir conjuntamente un orden donde cada uno trate a los otros como desea que se le trate a él.

Notemos que aquí el impulso es una ambivalente naturaleza humana (medio buena, medio mala); pues los humanos no pueden vivir sin el prójimo, pero a la vez sienten el impulso de instrumentalizarlo y dominarlo. Como en el bolero: “Ni contigo ni sin ti. Tienen mis males remedio. Contigo porque me matas. Y sin ti porque yo me muero”. Sólo de esta paradójica “relación mutua” –piensa Kant- cabe esperar y a muy largo plazo la construcción jurídica estable de un orden cosmopolita y una paz perpetua.

Sólo con mecanismos de tal naturaleza puede pensar Kant (en escritos no incluidos por Diva Safe en su tesis) en la construcción efectiva de una realidad o ser, que de alguna manera concrete empíricamente el deber ser y las condiciones transcendentales futuras que tan bien formula en otros escritos. Sólo así puede pretender Kant superar a la vez el utopismo idealizado y la falacia naturalista que separa el deber ser del ser, lo que debería o podría ser de lo que efectivamente es.

Sólo así Kant muestra que, cuando quiere, puede ser también uno de los más lúcidos pensadores del realismo político. Fue capaz de afirmar –como recordó la profesora Márcia da Silva- que incluso un pueblo de diablos puede constituir una república. Es decir que el buen funcionamiento de la democracia no depende necesariamente de la moralidad o bondad de sus ciudadanos, sino de la constante y celosa vigilancia de todos y cada uno sobre unas sencillas normas de procedimiento, sobre la equidad e igualdad entre los ciudadanos. Por eso cuanto más vigilante y exigente se muestre un pueblo con respecto a justas normas políticas y a sus derechos o libertades, mejor puede conseguir una democracia duradera. Ello incluye que el pueblo que quiere garantizarse la democracia se muestre dispuesto a todo para defenderla y no sólo a juzgarla moral, pero pasivamente. 

A pesar de ese lúcido realismo, hay que reconocer (y creo que Kant si viviera lo haría) que hoy en sus análisis (incluso los más realistas) se deben introducir consideraciones y planteamientos que van más allá de los posibles para Kant y su épocaAsí Kant piensa en La paz perpetua una posible y futura “comunidad de naciones” que –sin duda- es el antecedente más claro de la ONU y otras organizaciones actuales de gobernanza mundial. Ahora bien Kant lo hace todavía dentro de un marco westphaliano que considera indiscutible la soberanía de los Estados-nación. Por eso no se atreve a formular a fondo la posibilidad de un verdadero “Estado mundial” o de organizaciones que, de alguna manera, pongan en cuestión esa soberanía última del Estado-nación.

Eso le provoca a Kant muchos problemas (y siguiéndole a Diva Safe) para pensar el paso del “estado de naturaleza” entre los Estados –donde todos están potencialmente en lucha entre sí- a un “estado civil”, pacífico y con un orden cosmopolita garantizados por leyes justas. Pero –también necesariamente- por algún tipo de poder coercitivo capaz de someter a los “leviatanes” modernos, los propios Estados. Pero eso sería abrirse a una perspectiva “postwesphaliana” que Kant y su época no pueden transitar. Y que -hay que reconocerlo- todavía está muy incipiente en organizaciones como la ONU o la CE, la nueva geopolítica multilateralista postguerrafría y el tan denunciado predominio de los mercados económicos-financieros sobre los Estados-nación y su “deuda soberana” (como ha puesto de manifiesto la crisispost2008). 

Significativamente ese salto –ya un poco postwestphaliano hacia un verdadero Estado mundial- lo plantea el muy kantiano Hans Kelsen en La Paz por medio del Derecho (Ed. Losada 1946: 42ss). Constata que la exigencia de “un tribunal internacional dotado de jurisdicción obligatoria” comporta “la organización de un poder ejecutivo centralizado, es decir, de una fuerza policial internacional diferente e independiente de las fuerzas de los estados miembros, y poner esa fuerza armada a disposición de un órgano administrativo central cuya función consiste en ejecutar las decisiones del tribunal.” 

En definitiva, Kelsen exige un auténtico Estado mundial o al menos su núcleo básico. Pero aunque Diva Safe lo cita, no puede seguirle y prefiere optar por un punto intermedio, quizás más amable y moderado, pero todavía westphaliano (como Kant), muy borroso y bastante utópico.

Otro límite kantiano (y de su tiempo) para pensar una sostenibilidad universal y pacífica es que, como el colonialismo de su época, no puede concebir la radical limitación de los recursos ecológicos y los medios de supervivencia de la Tierra. A pesar que ya se había establecido la extensión real de la Tierra y que, por tanto, en cierto sentido la “mundialización” o “globalización” eran evidentes, la Europa colonial de finales del XVIII todavía la piensa como inacabable e infinita –a efectos prácticos-. 

Recordemos que todavía no había culminado la total repartición entre las potencias coloniales de todo el planeta. La globalización parecía tan sólo una promesa de lejanas tierras e infinitas posibilidades, pero todavía no mostraba la cara correlativa de la Tierra como una “nave estelar” limitada, finita y sin posibilidad de trasbordo.

Por eso entonces se suponía que, si una región terrestre quedaba agotada (como comenzaba a pasar en algunas europeas), siempre habría otras que explotar, colonizar y poblar. Incluso se presuponía que esas zonas estaban “vacías” de población indígena o poco importaba, pues se pensaba que los indígenas no sabían explotarlas adecuada y aceleradamente como los europeos. Por tanto se confiaba en la capacidad –casi infinita- del desarrollo económico-tecnológico moderno para poner en “verdadera” producción esas tierras y recursos “desaprovechados” por los pueblos indígenas.

Kant no pudo escapar del todo a esos supuestos que, al menos inconscientemente, dominaban a las potencias coloniales modernas. Y por ello la reflexión profunda de la sostenibilidad del planeta y del conjunto de la humanidad escapa a su reflexión. Además Kant confiaba tanto en el modo racionalista ilustrado de vivir que responde a la pregunta sobre si los europeos tenían derecho a eliminar para siempre la felicidad e inocencia de los “buenos salvajes” (siguiendo Rousseau) imponiéndoles la infelicidad, la hipocresía y las cadenas propias de la civilización, diciendo que es una obligación moral y racional porque si no se dejaría a los indígenas en una existencia no plenamente humana y viviendo como “ovejas en un prado”.

Como podemos ver, aquí se escapa el pequeño detalle de que (en muchos casos si bien no en todos) esas formas de vivir indígenas solían ser mucho más sostenibles a largo plazo que las instauradas por los colonizadores europeos. La modernidad y su potentísimo modelo de desarrollo económico, tecnológico y social todavía no había sido puesto en crítica detallada. 

El desarrollo y la modernización parecían imparables, infinitos y con muy pocos efectos indeseables; en todo caso algo que fácilmente la “idea del Progreso” minimizaba con la “seguridad” que tarde o temprano se descubriría el remedio a todos los inconvenientes.

Por otra parte y como recordó Márcia da Silva, tanto en Kant como muy mayoritariamente en su época (y también en la nuestra) se partía de una concepción especificista de la humanidad y la naturaleza (véase Peter Singer o Ursula Wolf). Ello comportaba que se subordinara instrumental y totalmente a la naturaleza bajo cualquier interés humano. A diferencia del romanticismo ya incipiente en ese momento, a Kant y la mayoría de la población ilustrada reducían la naturaleza a ser un mero medio para los intereses humanos.

Por eso, todo el mundo natural –mineral, vegetal y animal como se decía- y todas las especies no tenían ningún valor propio  que pudiera matizar las decisiones que los humanos tomaran sobre ellos. El mundo era visto exclusivamente desde los ojos e intereses de la especie humana, similarmente como de hecho también era visto básicamente desde los colonizadores europeos.

Por otra parte Kant y la mayoría de su tiempo no fueron capaces de valorar la diversidad humana y natural, así como de entender su importancia para la vida y la supervivencia (incluso de la humanidad y de la dignidad humana). No sólo se pensaba la compleja, rica y diversa naturaleza desde la perspectiva limitada del especificismo humano, sino que la propia especie humana era contemplada desde el reductivismo eurocéntrico que el colonialismo convirtió en ley de hierro en todas partes. 

Kant no pudo obtener esa importante idea de su discípulo y –luego- gran crítico el protoromántico Herder. Es una lástima pues le hubiera ayudado en su reflexión personal en favor de un pacífico orden cosmopolita… e incluso para profundizar en la idea de la sostenibilidad.

Pues fácilmente se puede entender que bajo la mentalidad mayoritaria que hemos esbozado era muy difícil profundizar en la idea de la sustentabilidad ecológica y de los recursos terrestres a largo plazo. Y con ese problema choca Diva Safe en la medida que su tesis sigue básicamente la perspectiva kantiana. 

La sostenibilidad no era todavía un problema consciente ni decisivo en el siglo XVIII europeo. De hecho nosotros hemos necesitado prácticamente dos siglos más para darnos cuenta de su vital importancia y de hasta qué punto el bienestar (o no) de las generaciones futuras dependerá de las actitudes que ahora adoptemos.

Y eso nos lleva al último punto en que Kant y su tiempo se muestran limitados para pensar la sustentabilidad ecológica a largo plazo. Aunque Kant no es ningún liberal individualista típico y mira la humanidad como una totalidad que debería ser responsable de la dignidad de todos -¡incluso de las generaciones futuras!-, no concibe ningún mecanismo real que supere el egoísmo individualista.

Kant sabe que los hombres normalmente se mueven tan sólo por intereses egoístas individuales y que, por tanto, les importa muy poco el bienestar de los otros, especialmente si son gentes lejanas o generaciones futuras que jamás podrán conocer. Aunque parece que esté buscando un argumento similar, Kant (y su tiempo) no puede concebir un muy interesante argumento que muestra que los humanos podemos sentirnos vinculados e incluso actuar altruistamente por nuestros descendientes futuros a pesar que sepamos que jamás los conoceremos (ni recibiremos su gratitud).

Parece muy optimista esta última idea, pero a ella apuntan científicos evolucionistas como Richard Dawkins  (con su libro El gen egoísta) o E.O. Wilson con su concepto de eusocialidad o evolución eusocial. La idea es que los humanos tenemos una tendencia (a la vez egoísta y altruista) en favor de nuestros genes o de los que pensamos que los llevan. Ello va mucho más allá del constatado altruismo por nuestros hijos o nietos, e incluye gente que no están emparentadas directamente con nosotros, pero con los que compartimos (y sentimos que compartimos) unos genes y vínculos esenciales.

El romano Terencio ya dijo “soy humano y nada humano me es ajeno”, Kant quería que el vínculo intrahumano se convirtiera en eje de acción real, pero no conseguía detectar el mecanismo real que lo hiciera efectivo. Pues bien, parece que etólogos y evolucionistas actuales han encontrado algo parecido, algo que nos impulsa a abnegarnos altruistamente por gente con quien no estamos emparentados directamente, pero sí de manera indirecta.

Sería maravilloso –y una victoria póstuma de Kant- poder afirmar algún día que efectivamente hay en la humanidad un vínculo y mecanismo real en favor de toda la humanidad y simplemente por ser humana. Sin ninguna duda ello sería decisivo para concebir una respuesta humana conjunta a ese problema tan acuciante como es la sostenibilidad ecológica a medio y largo plazo. Continuaremos pensando sobre ello y actuando para que algún día sea posible.
Macia da Silva, Hans Chistian Klotz, Diva Safe y Gonçal Mayos


  

2 comments:

  1. Hola Gonçal,

    Magnífica exposición sobre un tema tan importante y tan vigente. Coincido plenamente en postular que “la sostenibilidad ecológica se está convirtiendo en una de las principales condiciones de posibilidad y retos más importantes para un orden internacional pacífico”. Igualmente me sumo a la idea que la apuesta de Kant por un orden “cosmopolita!” capaz de garantizar la “paz perpetua” pasa tanto por superar el orden westfaliano basado en la soberanía indiscutible de los Estados-nación como por la toma de conciencia de que vivimos en un planeta finito, con unos recursos limitados y con un medio ambiente y un ecosistema frágiles, cuya conservación es imprescindible para el porvenir del planeta y, por tanto, de nuestra especie. En definitiva, la paz, y nuestra propia supervivencia a medio y largo plazo requieren superar una mentalidad y una conducta basadas en la mera instrumentalización de la naturaleza, de las otras especies y de los otros seres humanos.

    Y, desde esta óptica, me parece sumamente interesante la tesis de que hay que buscar “algún mecanismo real que supere el individualismo egoísta”. Pero, ¿cuál podría ser ese mecanismo? ¿El altruismo de base genética, teorizado, entre otros, por Dawkins y Wilson, según el cual las conductas que priorizan el bien colectivo y, en especial, la atención y cuidado de los descendientes, maximizarían las opciones e supervivencia de la especie y que, por tanto, tenemos una predisposición genética que, en contraposición a la visión darwinista convencional, basada en la lucha de “todos contra todos”, nos induce a la ayuda recíproca, al bien colectivo? La tesis me parece, sin duda, enormemente interesante. Sin embargo, tengo mis dudas acerca de cuál es su potencial y su alcance real. Veámoslo:

    De entrada, no olvidemos que los imperativos evolutivos nos llevan a manifestar tendencias y conductas altruistas cuyo alcance se limita al entorno familiar o, a lo sumo, a nuestro grupo.

    Pero es que, además, los mismos mecanismos evolutivos que nos empujan a la cooperación y al altruismo intragrupal nos inducen, a menudo, a la rivalidad intergrupal. E incluso aunque lo anterior no fuera cierto, es decir, aún suponiendo que haya alguna predisposición que nos lleve a cooperar a escala universal, su alcance se circunscribe a nuestra especie. En cambio, lo que necesitamos hoy es algún mecanismo que vincule nuestra conducta y nuestros principios con el conjunto del ecosistema, con la supervivencia de todo planeta.

    Por último, si basáramos el ámbito de la ética en la mera lógica adaptativa, ¿ no estaríamos procediendo a una redefinición radical de sus contenidos y de su sentido de tal calibre que, en cierto modo, anularíamos su razón de ser, convirtiéndola, en el mejor de los casos, en una mera rama de la lógica y del conocimiento científico? ¿Qué sería el bien? Aquello que es útil para la supervivencia individual, grupal y, a lo sumo, colectiva. Qué sería el mal? Todo cuanto la obstaculice o la ponga en peligro. Expresado en otros términos, bien y mal perderían su contenido y sentido específicos, puesto que el primero equivaldría, simplemente, a lo más racional, útil e inteligente, mientras que el segundo sería, a todos los efectos prácticos, sinónimo de estupidez.

    En definitiva, creo que los mecanismos de raíz evolutiva son condición necesaria, pero en absoluto condición suficiente, para hallar y utilizar ese mecanismo o conjunto de mecanismos que hagan hipotéticamente posible la consecución de una paz verdadera que, en nuestros tiempos, no puede desligarse de una democracia más real, de un orden social más justo (ambos aspectos implican alterar radicalmente la actual supeditación al poder global de los “mercados”, de las grandes transnacionales y de las élites financieras) y, claro está, de un sistema de producción, de organización social y de valores que sea compatible con la sostenibilidad ecológica.

    Lluís Soler

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  2. Bien visto Lluís,
    Las conductas altruistas fomentadas por la evolución normalmente se limitan “al entorno familiar o, a lo sumo, a nuestro grupo”. Chocan también con conocidas tendencias egoístas de origen filogenético. Aquellos “mismos mecanismos evolutivos que nos empujan a la cooperación y al altruismo intragrupal nos inducen, a menudo, a la rivalidad intergrupal.” Y además no suelen impulsarnos a la necesaria cooperación “a escala universal, su alcance se circunscribe a nuestra especie”, pues necesitamos “algún mecanismo que vincule nuestra conducta y nuestros principios con el conjunto del ecosistema, con la supervivencia de todo planeta.”

    Precisamente en una sesión de Girche, tuve que conceder al prof. Saulo P. Coelho que el antropocentrismo o “egoísmo antropocéntrico” es claramente hegemónico. Ahora bien me parece percibir que –sin colocarse en un imposible punto neutro y no antropocéntrico- es posible moderar los impulsos más radicales del “egoísmo antropocéntrico” e instrumentalizadores, en gran parte por un moderado y reflexivo “amor a la humanidad” y todo aquello que hemos aprendido a vincular con ella y su dignidad. Por ejemplo: paz, respeto a otras vidas, menos violencia, dejar vivir, gozar con relativo interés de la vida autónoma y de otras vidas, etc.

    Al respecto no soy absolutamente pesimista e incluso estoy un poco esperanzado. Aunque sospecho que ello depende de que no haya un choque directo y brutal por la supervivencia, en cuyo caso seguro que reaparece no sólo el “egoísmo antropocéntrico” sino también la rivalidad intergrupal e incluso el egoísmo dentro del propio grupo o la propia familia. Supongo que algunos aguantaremos un poco más que otros pero veo que a este nivel la “guerra de todos contra todos” de Hobbes reaparece muy probablemente. ¿Qué opináis?

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