Oct 29, 2013

PRETTY MAN: CAPITALISMO INVENCIBLE... CON ALGÚN DINERO


Llego un lunes frío y lluvioso a Lisboa. La compañía aérea me ha extraviado la maleta. He faltado a una cita por el desagradable ceremonial de ir adquiriendo cara de tonto a medida que confirmas que OTRA VEZ te han perdido la maleta y por la posterior reclamación. 

 
Sin el equipaje no tomo el taxi que me pide el cuerpo y subo al bus. Hace frío y caen algunas gotas, mientras yo voy con sandalias y camisa de mangas cortas. Constituyen mi “uniforme de viaje” pues las primeras son muy cómodas y la segunda es muy resistente y tiene muchos bolsillos para el pasaporte, tarjeta de embarque, cepillo de dientes, bolígrafo, agenda, antifaz para dormir… Es el kit del viajero que soy, al que hay que añadir mi disfuncional y pesado portátil.

Lisboa parece reírse de mí, que llevo más de 28 horas entre vuelos y tránsitos en un demencial trayecto Porto Alegre, Río de Janeiro, Roma y Lisboa.

Es el resultado del típico billete barato y comprado a última hora para asistir a un congreso. Por cierto el excelente VII Congresso Internacional da Sociedade Hegel Brasileira sobre “La filosofía de la historia de Hegel”.



Pero ahora ha desaparecido la satisfacción por lo aprendido, por los nuevos y prometedores contactos, y por la buena recepción de mi conferencia. Todo se esfuma bajo mi mal humor que se va convirtiendo en depresión. Soy consciente que he colaborado en mi actual desgracia cambiando mi vuelo a Barcelona por otro a Lisboa y así poder "empalmar" algunas actividades en Coimbra




Mi propia hybris me deprime y el clima de Lisboa colabora cruelmente a ello. Además, al llegar al hotel tengo que explicar porque no traigo maleta… Pero afortunadamente sí traigo VISA.



Duchado pero con la misma sudada, arrugada y veraniega indumentaria como en un acogedor tugurio cercano abierto a esa hora. Aunque la sopa de verduras está aceptable y bastante bueno el pescado a la parrilla, estoy profundamente antisocial y no dejo la más miserable propina. 



Supongo que algo en mi pensó que, si el mundo me castigaba, tenía derecho a pagar a todo el mundo con la misma moneda. Pero eso me deprimió aún más y, como se puso a llover, por ese día no quise saber nada de nadie y me encerré huraño en mi habitación, con mis demonios y mis ronquidos. La noche fue desagradablemente larga.

A la mañana siguiente y de mal humor, salí para las compras imprescindibles que me permitieran sobrevivir hasta la llegada de mi maleta. Me encaminé al Corte Inglés de encima de la Plaza Pombal con la misma veraniega y viajada indumentaria ya reseñada.

Sintiéndome francamente miserable me acerque a la sección de caballeros. Mi instinto me llevó a confesar a boca jarro que me habían perdido la maleta en el aeropuerto y que necesitaba comprar ropa y calzado para al menos un día. 

Al primer pago saqué mi VISA oro de “por si acaso”. Me la ofreció “sin gastos ni comisiones” la misma Caixa de Catalunya que me “robó” con unas "preferentes". Supongo que estaban admirados que consiguiera ahorrar con mi sueldo de profesor de filosofía y pensaron que la tarjeta me ayudaría a gastar esos ahorros. Francamente las "preferentes" fueron mucho más efectivas en esa labor. 

Con gran sorpresa por mi parte, poco a poco entré en un nuevo papel para mí: el de “pretty man”. Recibí un trato unanimamente amable y profesional. Sobre todo entre dos maravillosas vendedoras (como las brujas: haberlas, las hay) me aprovisionaron rápidamente de los mínimos zapatos, chaqueta, calcetines, calzoncillos –perdón slips-, camisetas… ¡Ahora podía sobrevivir hasta que recuperaran mi maleta!

Ya sé que lo mío es un capitalismo cutre y no comparable al lujo de la película Petty Woman (con un guión a reivindicar de J.F. Lawton). Y que no soy precisamente ni Richard Gere ni por supuesto Julia Roberts. Tampoco pude repetir aquel diálogo bastante obsceno que recuerdo más o menos así: 
- ¿Va a gastar una cifra enorme o totalmente exagerada?
- ¡Totalmente exagerada, por supuesto!
- ¡Adoro estas palabras!

Pero la amable y profesional atención recibida, me hizo sentir como un “pretty man” sacado del arroyo, el fango y la depravación por la magia de la dorada hada madrina VISA.

La verdad es que no voy sobrado de ropa (los que me conocen pueden aseverarlo) y no me irán mal estas compras inesperadas. Pero el sorprendente efecto positivo es sobre todo psicológico y anímico. Ahora entiendo esa extraña redención por el capitalismo que subyace a la película Pretty woman y su éxito popular.

Es una redención o recuperación de la autoestima surgida no sólo del amor del capitalista Gere o por el trato humano de algunos buenos profesionales -el comprensivo gerente o el botones del hotel-), sino también por el poderoso "cemento social" que da fuerza casi-invencible al capitalismo. 

El personaje de Julia Roberts descubre que tiene mucho más a "ofrecer" que su cuerpo y que hay otras cosas en ella que la sociedad aprecia, que le dan dignidad y reconocimiento, que la hacen humana apreciable... Y -¿como no?- por las que de muy diferentes maneras y formas (más sutiles que la prostitución) mucha gente está dispuesta a "pagar".

Puede parecer éste un mensaje obsceno y sarcástico, pero sin duda está detrás de esa edulcorada actualización del cuento de La cenicienta en clave capitalista y consumista que es Pretty woman. Pues más allá del ditirámbico, aparentemente ingénuo y muy estetizante presentación que ha hecho Hollywood del "cuento tradicional", se apuntan potentes mecanismos sociales actuales y de todos los tiempos.

Ahora bien, la invencible fuerza del capitalismo que fascina y redime a propios y extraños es que no necesariamente hay que ser la despampanante Julia Roberts ni el seductor Richard Gere. Potentes y sutiles mecanismos funcionan, simplemente con poseer la dorada hada VISA o "verdes" signos parecidos que garantizan urbi et orbi que tienes dinero y que eres "alguien" en esta sociedad. ¡Entonces, como predijo Mandeville, la redención se cumple!

Los vicios privados se convierten en públicas virtudes. Y esa transformación tiene evidentes efectos productivos, pero también psicológicos, emocionales, anímicos... casi diría espirituales. En tales casos la VISA (oro...) funciona como un auténtico "visa" o "visado" (como dice Liván Usallán) que viene a dar una especie de "ciudadanía económica". Como puede atestiguar cualquier "sin papeles", no hay que menospreciar la tranquilidad psicológica resultante, así como el profundo sufrimiento de quien no goza de ella.

Tal impactante fuerza de seducción está en la base del capitalismo emotivo del que ja he hablado y que han teorizado Eva Illouz y otros. También está presupuesta en la sociedad del consumo analizada por Jean Baudrillard y en La felicidad paradójica de Gilles Lipovetsky.  

Sólo recientemente se han pensado a fondo esos mecanismos sociales sin menospreciarlos, obviarlos o condenarlos antes de su compleo análisis. Eso ha sido un muy grave error y con la experiencia narrada pude constatarlo contundentemente. !Se equivoca quien menosprecie esos poderosos mecanismos y seductoras fuerzas que mueven las sociedades... quizás especialmente las capitalistas!

Gracias a esos importantes mecanismos subyacentes, aquel que se siente desvalido –pero no lo está en su cuenta corriente- pasa a recibir toda la atención de nuestra sociedad. Con rapidez y eficacia se le facilitan aquellas pertenencias o propiedades mínimas que atestiguan que es un miembro respetable de la sociedad… y por tanto se le reintegra amablemente a ella. ¡Y por un módico precio!

A pesar que no se me escapó la ironía, el sarcasmo y la profunda injusticia que hay debajo de todo ello, lo cierto es que salí del Corte Inglés abrigado, con zapatos nuevos y unas reveladoras bolsas blancas, con trigangulitos negros y verdes. 

Además ¡incluso Lisboa había cambiado! El día que había comenzado frío y nuboso, estaba ahora radiante. El sol iluminaba con fuerza una ciudad que después de la lluvia parecía más limpia, límpida, transparente, atrayente, verde, fresca y jugosa.

Ya con buen humor, no me dolió la evidencia de que, con ese cambio de clima, muchas de mis compras eran prescindibles y que ahora volvían a ser geniales mis viejas sandalias e incluso mi sufrida camisa de manga corta. No me importó, pues algo se había transformado en mi y en mi entorno. El mundo y Lisboa volvían a sonreírme. 

Pasee alegremente hacia el hotel. Sentía la necesidad de escribir y notaba en mí que había tomado la decisión (sin darme cuenta y sin autodeliberación previa) de hacer un poco de turismo por Lisboa. El estado de ánimo interno y el clima externo parece que habían tomado la decisión por mí. ¡Así de fuertes, profundos e inconscientes son a veces los mecanismos que nos mueven!

Sé que hace poco he escrito contra el turismo y que he reivindicado a aventureros y viajeros, frente a los turistas. Sé que por unas horas voy a traicionar esos discursos. Pero no me lo tengan demasiado en cuenta, por favor. No puedo controlar todo lo que me pasa, ni el clima externo ni -a veces- el ánimo interno. Muchas veces soy simplemente un pobre y redimido “pretty man”.



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