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Apr 22, 2016

GLOBALIZACIÓN IMPERCEPTIBLE


La percepción “macro” y globalmente terráquea que hoy es tan evidente para todo el mundo que se conecta a la www (“World Wide Web” o red global mundial), fue prácticamente imposible hasta el final de la época de los grandes descubrimientos geográficos y, sobre todo, hasta la aparición de los trenes y barcos a vapor. Por ello hay que destacar la fabulación y el reto que planteaba Julio Verne con su novela La vuelta en el mundo en ochenta días ¡en una fecha tan tardía como es 1873![1]

La hoy relativamente banal vuelta al mundo que hacen ajetreadamente miles de turistas (además normalmente en un par de semanas) ¡parecía mítica e imposible en la corta duración de 80 días incluso en el cuarto tercio del siglo XIX!

Sin duda en la actualidad, continuamos siendo mayoría los que no hemos hecho físicamente la vuelta en el mundo, pero el amable lector coincidirá en qué muchos la hemos hecho infinidad de veces de forma virtual. Enviando y recibiendo emails; navegante y haciendo consultas por Internet; comprando libros a través de Amazon o haciendo pagos internacionales a través de Pal Pay; comprando y vendiendo acciones de multinacionales o varios enseres a través de las subastas de Ebay, etc. Aún más la hemos dado si tenemos en cuenta nuestra infinidad de contactos personales con gente de todas partes o a los viajes (turísticos, de estudios, de negocios...) que, en conjunto, pueden sumar más que la distancia de la vuelta al mundo.

Ahora bien, hasta entonces, la globalización era imperceptible a pesar de que su impacto ya fuera bastante poderoso. Además se oponía a su reconocimiento la crónica tendencia humana a construir una imagen etnocéntrica del mundo, a menudo obviando las dependencias del extranjero, que –además- por su carácter indirecto eran poco perceptibles. Por eso costó tanto percibir eficazmente la llamada “red del mundo antiguo” que, según los estudiosos, se constituyó poco antes de nuestra era y que vinculaba las tres grandes civilizaciones del viejo mundo: india, china  y grecoromana (McNeill 2004: 91).

El etnocentrismo y la imperceptibilidad de muchos elementos de globalización colaboraban a qué fuera muy fragmentaria y limitada la cosmovisión o plasmación símbolico-espacial de “su” mundo, que inevitablemente todas las culturas han tenido. Por ello nunca reflejaban una imagen completa de la Tierra ni el nivel de globalización inconscientemente logrado en su época. Así es conocido que la antigua cosmovisión egipcia imaginaba el mundo como una especie de plato cruzado por el Nilo, el río madre de toda fertilidad y de toda vida. Durante siglos la visión del mundo del Europa cristiana era muy poco más que las orillas del Mediterráneo.
La antigua China siempre se imaginó a sí misma como el mundo o, al menos, la gran parte central del mundo, por eso se llamaba a sí misma “el Imperio del medio”. De aquí el error (en 1793 y para sorpresa de Adam Smith) del emperador Qianlong cuando contestó al rey británico George III rechazando comerciar con un pequeño país “aislado del mundo por las inmensidades de los mares”, considerando que los chinos “disponían de todo lo que necesitaban”. No pudo prever que aquel pequeño país (ciertamente con otras potencias occidentales) podía cruzar los mares con suficientes cañones como para exigirles bases y condiciones para su comercio, para vencerlos en las famosas dos guerras “del opio” y, finalmente, para imponerles gobiernos títeres.
 

Pero el papel chino en la globalización no empezó con su sumisión a las potencias extranjeras. A pesar de su tradicional aislacionismo, el Imperio Chino había despertado la admiración y la codicia de Occidente ya antes de Marco Polo. Por entonces estaba ya conectado por la famosa “ruta de la seda” y, en el siglo XIV, era el punto central de una globalización comercial policéntrica y con varios sistemas regionales que alcanzaba prácticamente todo el “viejo mundo” euro-afro-asiático (Marks, 2007, pp. 56ss). Durante el reinado del emperador Yung Lo (1402-24) se organizó la más formidable armada anterior al siglo XX capitaneada por el almirante Zhen He (Levathes, 1994 y Jay, 2002, pp. 91ss). Llegó a tener hasta 300 barcos –algunos los más grandes de la historia- y 30.000 hombres de tripulación. Entre 1405 y 1433 realizaron siete grandes viajes hasta Australia, el mar Rojo y Madagascar.

Sorprendentemente o, quizás no tanto, teniendo en cuenta la secular política aislacionista y anticomercial de las élites confucianas del imperio Chino, los emperadores Hsuan Te (1425-35) y Chen T’ung (1435-49) cortaron totalmente esta política “protoimperialista”. De este modo, las “carracas” o barcos portugueses (y los posteriores holandeses, ingleses o franceses) encontraron bastante expedito su camino comercial y colonizador por el océano Índico y el mar de la China. En definitiva el imperialismo europeo pudo así consolidar más fácilmente el moderno modelo de globalización bajo hegemonía occidental.
Ese modelo globalizador se había iniciado en el océano Atlántico con los viajes de Colón que “descubrieron” un nuevo continente: América, y los impulsados por el rey portugués denominado significativamente Henrique “el Navegador”. A partir de aquí, en el siglo XVI, se configuró lo que Immanuel Wallerstein (1979) denomina el moderno “sistema-mundo” que incluye la práctica totalidad de la Tierra, pero que ya había tenido antecedentes y globalizaciones previas.



[1] Hay que tener en cuenta que, dentro del atrevimiento del viaje planteado por Verne, se incluía que era realizado prácticamente todo él en transporte público de pasajeros. Es decir era un “veloz” viaje alrededor de la Tierra ya posible para todo el mundo (para un turista, podríamos decir) y no sólo para unos aventureros muy aguerridos, audaces y dotados de medios extraordinarios. Hay que recordar que el suspense y las trabas para el cumplimiento del plazo de 80 días de viaje surgen sobre todo de un saboteador y no tanto por las dificultades intrínsecas del viaje. Desde esta perspectiva podemos valorar el atrevimiento de la hipótesis explorada por Verne, el cual significativamente sólo concibió esta novela después de imaginar otros viajes aparentemente más impensables, fabulosos y utópicos como Viaje al centro de la tierra (1864), De la Tierra a la Luna (1865) y Veinte mil leguas de viaje submarino (1869-70).


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