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Apr 22, 2016

¿REALMENTE SOMOS GLOBALES?


Actualmente, el debate alrededor de la globalización ha desplazado el hegemónico en las últimas décadas: la posmodernidad. Parece que el único consenso claro sobre la sociedad “posmoderna” es que –sea lo que sea- seguro que es “global” o “globalizada”. De la famosa condición posmoderna parece que el consenso mínimo común que hoy por hoy ha quedado es precisamente la “globalización”.
 

Sin embargo, tampoco aquí las cosas son tan claras. Primeramente porque que en muchos aspectos la globalización tiene un origen o una genealogía muy antigua. Comenzaremos con una definición. La globalización es un complejo proceso de larga duración que evidencia la comunicación e interdependencia de todo el planeta Tierra[1].
 

En la actualidad, la globalización se manifiesta en una gran cantidad de aspectos, si bien no van al mismo ritmo. Así la globalización económica (especialmente la financiera), la tecnológica (especialmente en la comunicación), en el turismo y en los riesgos epidémicos[2] y medioambientales ha logrado un desarrollo mucho más grande que la cultural, civilizatoria, en el conocimiento o en la circulación laboral de la población. Ahora bien, incluso estas últimas se han avanzado a la globalización social, política, en los derechos civiles o en la calidad de vida (donde hay que reconocer que la globalización lograda es muy limitada).
 

Por ello en la actualidad, nadie duda de la práctica imposición en todas partes de un mismo modelo económico y tecnológico; también todo el mundo lamenta la carencia de globalización en el conocimiento humano o teme la creciente uniformización global de las culturas y civilizaciones. Mucho más ambivalente suele ser la reacción respeto a la circulación laboral de la población y ante los nuevos riesgos medioambientales, pero muy pocos dudan del impacto que tiene en ello la creciente globalización. Por contra, prácticamente todo el mundo considera todavía un ideal utópico la necesaria convergencia global en lo social, político, en los derechos y en la calidad de vida.
 

Como hemos visto hay una gran diversidad de ritmos y de impactos efectivos dentro de la globalización. Precisamente porque el desarrollo logrado en cada uno de sus aspectos es incomparable con el de los otros, tenemos que especificar y matizar en cada caso a cuál nos referimos. Además las reacciones provocadas ante cada uno de los aspectos suele ser muy diferente.
 

Prácticamente nadie parece manifestarse en contra de la deseabilidad de que la calidad de vida (por ejemplo: sanidad, escolarización...) lograda por los países más avanzados se extendiera también a los países más pobres. Ahora bien, como que esta globalización va mucho más retrasada respecto a la financiera, económica, tecnológica y de riesgos epidémicos y medioambientales, normalmente se la olvida y se destacan –en cambio- los otros aspectos negativos o peligrosos de la globalización.
 

Por ello, los nuevos movimientos sociales que son críticos a estos aspectos (a pesar de que puedan defender otros como el mencionado) son denominados simplemente como “altermundistas” o “antiglobalización”. Es fácil entenderlo pues es indiscutible que hoy en día los efectos negativos de la globalización parecen haberse avanzado a los positivos (que también son muy importantes) y –sobre todo- son más visibles para el conjunto de la población.


Como muy bien percibió Zygmunt Bauman (2003, p. 81), tendemos a hablar de globalización refiriéndonos “ante todo, a los efectos globales, claramente indeseados e imprevistos”. Vemos en la globalización un destino que nos ha “caído” encima y que tenemos que cargar en contra de nuestra voluntad, y no como algo que hacemos entre todos, que es el resultado de nuestra acción colectiva en el mundo y que es uno de los efectos más importantes de la historia humana. Ciertamente la globalización nos da miedo y nos desorienta porque –a pesar de que la hemos hecho entre todos- todavía “No tenemos ni sabemos a ciencia cierta como obtener los medios para planificar e instrumentar acciones globalmente.
” (Bauman, 2003, p. 81)
[1] Por eso a menudo se usa el término “mundialización”. Pero nosotros –a pesar de que se pueden hacer algunas interesantes matizaciones- consideraremos aquí los dos términos como sinónimos y preferiremos usar la palabra de origen anglosajón “globalización” más que no la de origen francófono “mundialización”.

[2] Un claro ejemplo de los riesgos de la globalización para la salud es la rápida extensión del virus del sida en todo el mundo. Pero hay parecidos antecedentes históricos como la famosa “peste negra” de mediados del siglo XIV. Tanto la extensión del sida como de la “peste negra” sólo han sido posibles por los crecientes procesos de globalización. En el siglo XIV la peste fue llevada por los primeros barcos (en concreto por las ratas que los habitaban) que de manera directa o casidirecta enlazaban los puertos mediterráneos (Venecia, Génova, Barcelona, Valencia...) con los del Extremo Oriente (donde apareció la enfermedad). No nos tiene que extrañar que, actualmente, el sida haya viajado tanto en las primeras clases de los aviones como en las peores condiciones de la inmigración ilegal.

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