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Apr 22, 2016

HUMANIZAR Y EMPODERARSE DE LA GLOBALIZACIÓN


Por razones que expondremos concisamente en este artículo, hay que dejar de ver la globalización como algo ajeno, impuesto, no-humano e incontrolable. Muy al contrario, hay que ver la globalización como uno de los efectos más generales de la acción humana sobre el mundo, como algo que nosotros hemos hecho y que por lo tanto -de alguna manera- hemos querido (aunque sea inconscientemente).

La globalización es algo humano (nada más que humano, diría Nietzsche) y, por lo tanto, si nosotros hemos hecho la globalización, nosotros también la podemos cambiar, dirigir o controlar de alguna manera. Somos los humanos –como especie y como “sistema-mundo”- los que hemos hecho la actual globalización; por lo tanto también somos nosotros los que la podemos transformar, redirigir o –al menos- humanizar en sus efectos.
Como se suele decir y es muy probable, la globalización ha venido para quedarse y los costes de volver a épocas de menor globalización podrían ser inmensos. Ahora bien, quizás todavía más altos pueden de ser los costes de dejar que la globalización acontezca ingobernablemente, que crezca sin auténtica ni consciente guía humana, que aumente desproporcionadamente en unos aspectos (como hemos visto) mientras que en otros permanezca prácticamente inexistente.

Por lo tanto y en definitiva: hay que redirigir conscientemente esa obra conjunta de la humanidad que es la globalización, hay que humanizarla, hacerla menos agresiva con las personas que la viven y adaptarla a las necesidades humanas. Por ello es necesario que la humanidad en conjunto se empodere conscientemente de la globalización que hasta ahora ha construido con total inconsciencia.
 
Seguramente es éste un proyecto que tiene mucho de aspiración utópica, pero también es sin duda una necesidad ineludible. La globalización actual ha llegado a un nivel tan grande que ya no podemos simplemente dejar que se desarrolle sin guía e inconscientemente -como hasta ahora-, sino que necesitamos conducirla de forma consciente y prevenir sus efectos racionalmente.

La globalización es un fenómeno muy antiguo (Osterhammel & Petersson, 2005 y Steger 2003) cuyos orígenes se remontan mucho en la historia. Así Steger (2003, pp. 20ss) dedica un capítulo al “período prehistórico” que cifra entre los 10.000 y los 3.500 años a.C. Ahora bien, sin duda la actual globalización ha cambiado profundamente su naturaleza. Hemos entrado en un estadio de acelerado cambio, de contactos continuos y prácticamente instantáneos; hemos entrado en el que podemos denominar la “turboglobalización”.
 
Por eso desaparecen aceleradamente los límites que –hasta hace poco- todavía mantenían amplias zonas del mundo relativamente autónomas o independientes de las otras. La actual globalización ha hecho las tradicionales fronteras geográficas mucho menos importantes y estancas; similarmente sucede con las fronteras políticas de los Estados-nación, mientras que las económicas son en muchos casos prácticamente ineficaces. Ciertamente no han desaparecido del todo, pero su impacto y capacidad efectiva de filtrar se ha reducido enormemente.

La acelerada “turboglobalización” va paralela de lo que podemos denominar una “globalización monádica”
[1], ya que prácticamente carece de distinciones o diferenciaciones internas. Está conformada por un único sistema o un sólo mundo, en el que las distancias han desaparecido totalmente. La actual globalización ya no se limita a conectar y a mediar entre subsistemas o “mundos” en gran medida independientes y con voluntad y capacidad autocrática. Con la velocidad de las modernas tecnologías de la comunicación y la información (Tics), el mundo se ha convertido virtualmente en una “mónada” única. Internet encarna el ideal de McLuhan (1989) de la “aldea global” o “Global Village” y, todavía más, de una globalización monádica.

Por otra parte, el amable lector estará de acuerdo en que, a pesar de la virtualidad monádica que internet le configura, la sociedad actual mantiene múltiples realidades cruelmente escindidas y encadenadas a servidumbres atávicas de condiciones locales, sociales y políticas todavía aisladas, cerradas sobre si, fosilizadas en sus dinámicas internas... En definitiva, nos hemos globalizado pero no necesariamente en lo que queríamos globalizarnos. Paradójicamente estamos en un desagradable punto intermedio: nos hemos ultraglobalizado en algunos aspectos quizás no demasiado importantes, pero en cambio continuamos muy poco globalizados (hipoglobalizados) en los más necesarios, vitales y humanamente importantes.


Para reconducir la actual paradójica e intermedia situación, es necesario que el conjunto de la humanidad se empodere conscientemente de este poderoso y complejo proceso que es la globalización. Se tienen que encontrar los mecanismos para que la globalización no fracase precisamente en los retos y aspectos donde es más necesaria la convergencia de la humanidad: calidad y expectativas de vida, los efectivos derechos civiles y políticos de la población, la extensión del conocimiento y la capacitación vital o social...

En definitiva, es necesario decidir con conocimiento de causa cuándo y en qué seguir el camino de la total y monádica globalización uniformizadora, incluso si hay que aceptar algo del llamado “pensamiento único” que se va imponiendo en las últimas décadas. Ahora bien también tiene que ser posible decidir cuándo y en qué mantener una globalización “archipiélago” que respete (siempre interconectada creativamente) la riqueza cultural y civilizatoria humana en la línea del “diálogo de civilizaciones” y evitando el “choque civilizatorio” predicho por Huntington.
 



[1] Hemos creado el neologismo “globalización monádica” para indicar que la velocidad de les actuales TICs están generando un mundo donde la distancia interna virtualmente ha desaparecido (al menos en las comunicaciones telemáticas). Nos remitimos al uso del termino “mónada” (del griego “monádos”: “unidad”) que lleva a cabo el filósofo y matemático racionalista Gottfried Wilhelm Leibniz. Éste consideraba las “mónadas” como las “unidades últimas” o “átomos no-materiales ni extensos” de la realidad, y las caracterizaba por no tener extensión, grosor ni haber distancia tanto dentro de ellas como entre ellas. La actual “globalización monádica” tendría también esa característica porque virtualmente habría hecho desaparecer la distancia comunicativa entre los conectados a Internet.


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