Apr 23, 2016

GENEALOGIA DE LA GLOBALITZACIÓ


Avui la globalització és més o menys potent segons l'aspecte que considerem. Estem molt globalitzats en el tecnològic i econòmic, però poc en el cultural i gairebé res en el polític i social.

Cal humanitzar la globalització i fer que el conjunt de la humanitat "se n’apoderi", ja que és simplement un producte humà.

La humanitat sempre ha estat mínimament globalitzada i per això, malgrat la diversitat geogràfica, continua sent una única espècie. Abans però la globalització gairebé no era perceptible. En canvi, amb la Modernitat, s'ha evidenciat la seva importància, per exemple amb violents efectes com la colonització i l'imperialisme.


Europa i després Occident van liderar aquesta globalització, però avui la seva hegemonia sembla disminuir. Per comprendre-hi el seu paper i encarar el futur, és important que Occident sigui conscient de la genealogia de la globalització.
Total del artículo en los posts: ¿SOMOS GLOBALES?; HUMANIZAR Y EMPODERARSE DE LA GLOBALIZACIÓN; UNA ESPECIE, UNA GLOBALIZACIÓN; GLOBALIZACIÓN IMPERCEPTIBLE; CRUEL GLOBALIZACIÓN MODERNA; REFLUJO DE LA GLOBALIZACIÓN DE HEGEMONÍA OCCIDENTAL; y GLOBALIZACIÓN CIVILIZATORIA ¿SIN IGUALACIÓN SOCIAL?

Publicado en: “GENEALOGÍA DE LA GLOBALIZACIÓN” de G. Mayos en la revista Clivatge. Estudis i testimonis sobre el conflicte i el canvi social, ISSN electrónico: 2014-6590. The Observatory of Social Conflict  (OSC)
 


3 comments:

  1. Sobre la “globalización imperceptible” (I)
    Hola Gonçal,

    Tras leer tus interesantísimas entradas sobre la globalización, no puedo estar más de acuerdo en afirmar que, efectivamente, “la globalización forma parte de la misma condición humana, por la simple razón que sin ella no hablaríamos de humanidad en singular”. Igualmente coincido en la tesis de Wallerstein, apuntada en tus posts, según la cual a partir del s. XVI, la colonización de América, el comercio de materias primas y metales entre dicho continente y Europa y el tráfico de esclavos procedentes de África hicieron posible no sólo un comercio auténticamente intercontinental, sino también, y sobre todo, la aparición de un proceso de acumulación de capital que dio origen a la aparición del “sistema-mundo capitalista” que, pese a su fragmentación política, e incluso las rivalidades y guerras entre estados, funcionaba como un todo integrado.

    Y, sin embargo, como bien apuntas, no ha sido hasta épocas muy recientes que hemos tomado conciencia de que efectivamente vivimos en un mundo globalizado. Más aún: en la percepción dominante, se supone que dicho fenómeno es algo nuevo e inédito. ¿Por qué, pues, hemos vivido hasta hace poco en una “globalización imperceptible”? ¿Y por qué hoy todos hablamos de ella? Creo que, si bien es cierto que “la inmensa “mayoría de las interacciones comerciales, culturales y militares (…) se hacían básicamente dentro de muy reducidas regiones y poblaciones”, hay algo más. Algo que tiene que ver no sólo con los condicionantes estructurales –economía, transporte, fragmentación política, etc.- sino con la construcción de “imaginarios” simbólicos y culturales.
    En este sentido, creo pertinente apuntar que hasta los siglos XVIII-XIX en la mayoría de culturas –Occidente incluido- predominaban las formas de vida y de entender el mundo que, en términos de Tönnies, denominamos “comunidad”, es decir, un todo orgánico en el que sus miembros están unidos por lazos afectivos –familia, Iglesia, gremio-, por el conocimiento directo y, sobre todo, por la adscripción a un conjunto de estructuras cognitivas y de valores regidas por su fidelidad a la tradición: la conducta y el funcionamiento de su vida colectiva y familiar se basaba en la “legitimidad tradicional” (Weber): hay que actuar y pensar de determinada manera porque así está estipulado en los textos sagrados, porque así lo quieren los dioses o porque así lo marcan nuestros antepasados. En tales casos, resulta evidente que toda influencia foránea queda “velada”, queda pasada por el filtro de su (supuesta) fidelidad a la tradición.
    Con la modernidad, con la revolución industrial y las revoluciones liberal-burguesas, este universo simbólico desaparece y cede paso a otro basado en la racionalidad instrumental (Weber, Adorno y Horkheimer), donde la acción social, y la mentalidad dominante, se centra en cómo identificar e implantar los medios más indicados para conseguir un fin dado, el cual, una vez obtenido, se convierte en medio para otro fin, en un proceso sin final. Aumentar la productividad, ser más eficientes u obtener más recursos, sin que la tradición, el pasado o la adscripción a tal o cual valor tengan, apenas, relevancia alguna: tal es el “imperativo categórico” de la Modernidad.
    Sin embargo, incluso en tales condiciones hay un obstáculo que dificulta la percepción de la interdependencia creciente entre pueblos y culturas: el triunfo del estado-nación, cuya legitimación pasa por crear instituciones y valores basados en una (presunta) soberanía nacional indiscutible y en la separación radical entre “nosotros” y “ellos” (el resto de países). Una separación que la historiografía nacional remonta hasta épocas muy lejanas, suprimiendo así del imaginario colectivo no sólo toda mención a la diversidad de culturas y comunidades dentro del Estado, sino también a las influencias e interacciones exteriores
    Lluís

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  2. Sobre la “globalización imperceptible” (II)

    Durante el “siglo corto” (1914-1989, en expresión de Hobsbawmn), las dos guerras mundiales y, a partir de 1945, la división del mundo en dos sistemas geopolíticos e ideológicos antagónicos abrieron las primeras grietas importantes a través de las cuales un número creciente de personas y colectivos empezó a percatarse de la creciente interdependencia global. La aparición de alianzas geopolíticas –OTAN, CEE, Pacto de Varsovia- era, a la vez, causa y consecuencia de los límites, cada vez más visibles, de la soberanía nacional. Sin embargo, la rígida división geopolítica e ideológica entre el comunismo y las democracias liberales capitalistas, sumado a la existencia de un Tercer Mundo condenado a ejercer de mero proveedor de materias primas (y de escenario de conflictos bélicos en beneficio de las dos grandes superpotencias), limitó severamente la posibilidad de la toma de conciencia de lo que hoy denominamos globalización. En cierto modo, en el imaginario popular –y también en el académico- se partía del supuesto de que habitábamos en “tres mundos”, más que en uno.

    Todo ello cambia radicalmente a partir de 1989. A los factores estructurales que hacen posible hablar de una aceleración de la globalización, de una “turboglobalización –hundimiento del bloque soviético, hegemonía capitalista, proliferación de las TIC, auge de las transnacionales, “Consenso de Washington”, etc.- hay que añadir, en el ámbito de las percepciones, del imaginario social, algunos factores añadidos:

    En primer lugar, la creciente consciencia de la fragilidad de nuestra propia existencia como especie. El cambio climático, los desastres medioambientales, el terrorismo global y, por descontado, la existencia de un arsenal de armas nucleares capaz de eliminarnos a todos nos obligan a percatarnos de que vivimos en una “sociedad del riesgo” que, como bien apuntaba Ulrich Beck, es el resultado de la acción humana, de las consecuencias, a menudo imposibles de prever y de dominar, de nuestros actos. La tecnología y la razón instrumental, lejos de garantizarnos más seguridad, nos abocan a nuevas amenazas, cuyo alcance trasciende las fronteras y hace que, hoy como nunca antes, seamos conscientes .-no sólo intelectualmente, sino también a nivel emocional, incluso existencial, de nuestra fragilidad y de nuestra interdependencia global. Un nuevo Leviatán está emergiendo a la luz pública. Pero éste, a diferencia del de Hobbes, no hace más que poner de manifiesto la impotencia del Estado para dominarlo.

    Y otro tanto cabe decir de las crisis económicas… y de las políticas que se implantan para afrontarlas. Si hace ya décadas que la población de los países del Sur es consciente del enorme poder del FMI, Banco Mundial y demás poderes transnacionales a la hora de dominar la agenda económica, social y política, ahora nos ha tocado a los europeos percatarnos, también de una manera brutal y directa, de la naturaleza supranacional del poder y de los límites de las democracias nacionales.

    Pero aún hay más: Internet, los móviles, la televisión por cable y las TIC no sólo hacen posible que millones y millones de personas se comuniquen e interactúen a escala global, sino que constituyen, junto al triunfo del “turbocapitalismo” actual, el trasfondo de un fenómeno global de gran repercusión: los límites entre lo material y lo simbólico, entre lo económico y lo cultural se difuminan, desaparecen. Vivimos en un “mundo-cultura” (Lipovetsky) donde lo simbólico y lo cultural se convierte en la principal fuente de acumulación de capital y donde éstos, a su vez, pasan a regirse por los mismos patrones que imperan en el ámbito económico. Vivimos, pues, no sólo en un “sistema-mundo”, sino también en una cultura-mundo. Lo cual contribuye a que la percepción de que vivimos en una “aldea global” ya no sea un mero debate teórico para estudiosos e intelectuales, sino algo dado por supuesto, algo que integra nuestro “mundo de vida”.

    Una abraçada

    Lluís

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  3. Sí, Lluís. En las “comunidades” premodernas el “imaginario simbólico” era muy limitado y cerrado sobre sí mismo. Por eso quizás la racionalidad instrumental, interesada en hacer “negocios” con todo el mundo, pudo ayudar a romper parte de ese ensimismamiento.
    También estoy muy de acuerdo con que –en el fondo- durante la Guerra fría propiamente “se partía del supuesto de que habitábamos en “tres mundos”, más que en uno.” Y que eso retrasó la percepción de la turboglobalización. Máximamente, si se superpone a “la creciente consciencia de la fragilidad de nuestra propia existencia como especie. El cambio climático, los desastres medioambientales, el terrorismo global y, por descontado, la existencia de un arsenal de armas nucleares capaz de eliminarnos a todos nos obligan a percatarnos de que vivimos en una “sociedad del riesgo” que, como bien apuntaba Ulrich Beck”.
    Resulta pues -¡y tiene su intríngulis!- que sean el compartir los riesgos, lo que nos hace tomar (¡y que continue!!!!!) consciencia de la turboglobalización y que ésta nos une a todos. Por la crisis del 2008 (que aquí todavía llevamos a cuestas), también se tomó consciencia de la creciente impotencia de la política ante la economía, y que el “nuevo Leviatán” es eso que llamamos eufemísticamente “los mercados” o el capitalismo global neoliberal. Ellos son también los que impulsan la difuminación de “los límites entre lo material y lo simbólico, entre lo económico y lo cultural” “Vivimos, pues, no sólo en un “sistema-mundo”, sino también en una cultura-mundo. Lo cual contribuye a que la percepción de que vivimos en una “aldea global”” como nuestro actual “mundo de vida”.
    Durante milenios la vida cotidiana de la gente pudo vivir “como si” no hubiera en absoluto globalización, pero eso ya no es así. Y no hay que ser un genio para verlo, sino que fácilmente lo experimenta cualquiera cuando le caen encima: deslocalizaciones, crisis financieras o globales, tratados como el TTPI, decisiones del BM, el FMI o la OMC... Hoy la turboglobalización la experimentamos –para bien o para mal- cada día, en lo más cercano y con consecuencias que nadie puede obviar. Una gran abraçada.

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