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Apr 22, 2016

UNA ESPECIE, UNA GLOBALIZACIÓN


La globalización ha sido una realidad muy antigua para la humanidad. En cierto sentido y como veremos, la globalización forma parte de la misma condición humana, por la simple razón que sin ella no hablaríamos de humanidad en singular. La humanidad continúa siendo una única especie que, a pesar de pequeñas diferencias -que ha sido un terrible error histórico magnificar (racismo)- configura una unidad genética. El ADN y el genoma humano –cuya reciente decodificación así lo atestigua- mantienen una unidad que sólo ha sido posible gracias a una mínimamente constante globalización a lo largo de toda la historia humana.

Las leyes de la evolución darwiniana concluyen que, si algún grupo humano hubiera sobrevivido a largo plazo completamente separado del resto, habría configurado otra especie humana diferente de la única actualmente existente[1]. Ya Darwin (por ejemplo en sus estudios en el archipiélago de las Galápagos) analizó como el aislamiento, incluso en islas muy cercanas, da lugar en relativamente poco tiempo a especies diversificadas y endémicas. Ello no se ha dado en la humanidad, a pesar de que seguramente es la especie que más entornos ecológicos diversos ha colonizado de forma permanente. Ningún pueblo hoy superviviente no se ha convertido en una especie humana diferenciada del resto, poniendo de manifiesto que –a pesar de las dificultades- no ha sido realmente una isla totalmente separada del resto de la humanidad.

La humanidad ha conquistado (es un aspecto también de la globalización) la práctica totalidad de los entornos y ámbitos ecológicos de la Tierra; pero no ha dejado de ser una única y misma especie: la humanidad. Dado que las oportunidades de diferenciación específica han sido múltiples por esa enorme diversificación geográfica y ecológica, la única explicación de la unidad filogenética humana es que, a pesar de las dificultades de comunicación y la diversidad o lejanía de los hábitats, de alguna manera los grupos consiguieron relacionarse e intercambiar los genes con el resto de la humanidad, manteniendo así una única especie.


También se manifiesta una lenta, imperceptible y a menudo muy indirecta globalización en la sorprendente coincidencia temporal (en términos de procesos de este tipo que son de muy larga duración) del desarrollo de la agricultura y la domesticación de los animales. Así pues, hay una significativa coincidencia temporal en las dos y alejadas regiones donde primero aparecerá la agricultura: en el Creciente fértil (hace unos 10.000 años) y en el norte de la China actual (hace unos 9.500 años); mientras que en el continente americano las primeras sociedades agrícolas sedentarias aparecen más tarde (hace unos 5.500 años en México), precisamente por estar separado del resto por océanos y el gélido estrecho de Bering (Marks, 2007, p4).
 
 
Como vemos, se trata de unos períodos de tiempo bastante cercanos para procesos de esta naturaleza, indicando que (inclús si –como parece- fueron descubrimientos independientes) la especie humana estaba bastante sincronizada (seguramente por otros contactos esporádicos e indirectos[2]) para coincidir notablemente en el inicio de lo que el famoso historiador y arqueólogo Gordon Childe (1954 y 1876) denominó la “revolución neolítica”.
 
Además, es indiscutible que a partir de unos pocos puntos independientes (un máximo de 4 ó 5 según Jared Diamond (2006, pp. 112ss)) tanto la agricultura como la domesticación de los animales se extendieron por todo el planeta, en otro claro ejemplo de globalización prehistórica. Precisamente gracias a esa primitiva globalización, los diversos pueblos y sociedades van ingresando en la historia a medida que se sedentarizan, que devienen agrícolas, que aprenden a domesticar animales, que generan las primeras especializaciones y diferenciaciones sociales, que desarrollan la escritura y que construyen los primeros Estados
[3]. No se nos escapan las muchas excepciones de pueblos cazadores-recogedores, que no conocen la agricultura y que han llegado al presente; pero el amable lector no podrá negar tampoco la gran crueldad con que la globalización los ha tratado, hasta llevarlos al límite de la extinción.

Tanto si consideramos los aspectos más positivos como los más negativos, hay importantes signos de una secular globalización en la especie humana, que ha mantenido su unidad genética y, a pesar de la enorme diversidad, una relativa coherencia general en algunos procesos de largo alcance. Los historiadores William y John R. McNeill (2004) destacan que la humanidad ha sido siempre una especie globalizada, si bien los contactos a gran distancia eran muy esporádicos, normalmente indirectos y solían realizarse al ritmo de las lentas migraciones a pie y con relativamente largas explotaciones de los territorios ocupados durante la migración.

Hay que reconocer que bajo la imperceptible y muy básica globalización que hemos apuntado, no sólo la inmensa
“mayoría de las interacciones comerciales, culturales y militares se realizaban dentro de las civilizaciones (Huntington, 2005. p. 60), sino que se hacían básicamente dentro de muy reducidas regiones y poblaciones. A pesar de ello, se vivía en un relativo aislamiento, pues era roto por lentos, esporádicos, inconscientes e indirectos “encuentros” (según expresión de Huntington, 2005. p. 58).

Ello impedía que la humanidad pudiera percibir la globalización que, a pesar de todo, la marcaba profundamente. Además, se añadía que el imaginario o la visión del conjunto del mundo eran muy fragmentarios y limitados, cuando no prácticamente imposibles, puesto que nadie por entonces podía tener una composición de conjunto del mundo entero. La de entonces era una globalización que no se podía percibir como tal.
 


[1] Los científicos reconocen unánimamente que las llamadas “razas” humanas son en realidad pequeñas variaciones (genéticamente casi inapreciables) en una única especie.
[2] Acostumbrados a la velocidad de las comunicaciones actuales, no podemos comprender la eficacia y alcance de procesos de comunicación mucho más lentos e indirectas como los mencionados. Pero cómo dicen Asa Briggs y Peter Burke (2002, p. 13) en otro contexto: “En aquellos días, las comunicaciones no eran inmediatas, pero ya llegaban a todos los rincones del mundo conocido.”
[3] El antropólogo y filósofo Ernst Gellner (1994) denomina “agraria” este largo periodo hasta la industrialización. Por su parte el rumano nacionalizado nordamericano Mihai Nadin (Chordá y Nadin, 2010, pp. 39ss) denomina “lineal” esta etapa de la humanidad.


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