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May 9, 2016

¿VANGUARDISTAS O REVOLUCIONARIOS?



La creciente politización de la Internacional Letrista, que estamos analizando, anticipa en muchos aspectos la posterior deriva situacionista. En ese proceso se pasa de ser básicamente una revolucionaria vanguardia (más artística que política) a definirse como la vanguardia de la Revolución (más política que artística). Por eso en 1969 explícitamente se describe la primera etapa o época situacionista como aquella “centrada en la superación del arte en 1957-1962” (MAYOS, 2013, pp. 346-351).

Así, el proceso que enlaza la IL y, luego, la IS define un movimiento que va politizándose cada vez más, si bien siempre mantiene la relación entre innovación y revolución, entre los cambios culturales y los sociales. También conservan ese punto indomablemente crítico, creativo e iconoclasta que impedirá que se les identifique con partidos políticos tradicionales, aunque sean de extrema izquierda.

En todo caso, el gran debate de 1962 (seguido de explosivas dimisiones, escisiones y expulsiones) es el momento central en que la IS rompe su ambigüedad constitutiva (presente en los grupos fundadores de 1957, como la propia IL). Se rompe entonces una fructífera convivencia entre poetas y artistas plásticos, entre literatos y urbanistas... Pues, a pesar que comparten la  mentalidad radical de izquierdas y de vanguardia, se acentúan las dos almas del situacionismo que –en una formulación extrema- opone a teóricos políticos casi sin aplicación concreta, frente a artistas vanguardistas comprometidos pero casi sin discurso. Aunque –como vemos- las escisiones en la IS fueron siempre múltiples, constantes y por diferentes causas, entorno el 1962 se produjo el más radical, complejo y traumático proceso de escisión.

Se enfrentan por una parte los artistas y urbanistas y –por otra- los teóricos que quieren centrarse y dar prioridad a la política revolucionaria. Además los “artistas”, a pesar de su indiscutible radicalismo crítico vanguardista, eran –ciertamente- bastante reconocidos y consagrados en el mundo del arte. Entre ellos (si bien se separaron de la IS de maneras muy diferentes) podemos incluir a: Jorn (que dimite, pero mantiene contactos estrechos que le llevan a ser productor de algún film de Debord), Constant (que ya se había apartado antes de 1962), Nash (que es expulsado con su grupo en medio de una gran polémica), Fazakerley, Thorsen, De Jong, Strid y Hans Peter Zimmer... 
 

En cambio  se imponen los teóricos cuya gran “situación” tan sólo puede ser la revolución política. Aquí destacan “pesos pesados fundadores” como Debord, Bernstein, Khayati... y recién llegados –que influyen mucho en la radicalización teórico-política y consiguiente escisión- como Vaneigem y Kottany. Por evolución o per ser nuevas incorporaciones, este grupo se ha distanciado del modelo de “situación” tal como era pensado inicialmente en la IS (y antes en la IL). Pues ciertamente, en un primer momento, el concepto de “situación” no era muy diferente de las “performance” o “happenings” que otros artistas llevaban a cabo por la misma época. 

Ahora y cada vez más, los teórico-políticos quieren pensar y ejecutar “situaciones” de naturaleza más explícitamente revolucionario-política y no tanto como una mera “performance” vinculada al arte vanguardista. Sin embargo es importante entender la profunda vinculación de ambos planteamientos y la génesis que comparten. Pues incluso en su aspecto más político-revolucionario las “situacionistas” se han descubierto y definido a sí mismos en creativo diálogo con las vanguardias y, por eso, tiene tantas dificultades para entender a los partidos políticos tradicionales, como para ser entendidos por esos. 

Los situacionistas han sido siempre un movimiento que se impone imaginar la revolución más libérrima, radical y consecuente, con lo cual chocan frontalmente con los disciplinarios partidos de la época, incluso especialmente con los marxistas. Pues no pueden aceptar el modelo leninista jerárquico y disciplinado de partido que educa y dirige férreamente a las masas gracias unos cuadros “orgánicos” muy ideologizados y obedientes a las consignas superiores (incluso más que a las propias bases).
Por tanto, la IS posterior a la depuración de 1962 continua valorando lo aprendido en el seno de las vanguardias artísticas. Por ello continúa cultivando las aportaciones artísticas (así por ejemplo, después de la escisión, también los teórico-políticos llevaron a cabo alguna exposición artística y continuaron valorándolas como fuente de interpretaciones crítico-radicales. Ahora bien, por otra parte, se proponen pensar y ejecutar la “situación” en su aspecto más radical y político; evitando tanto servir (como el Surrealismo) a un limitado público culto ya predispuesto, como ser integrados en la sociedad del “espectáculo”.

Ahora bien, en todo momento (y eso es una de sus grandes aportaciones) insisten en reivindicar la centralidad para la revolución y la política: del deseo, del ocio, de la imaginación, del juego, de la vida cotidiana, de la creatividad, de una libertad más radical, de lo cultural, de atender a las demandas lúdicas y experimentadoras de la condición humana, de la anarquía creadora, etc. Incluso en 1969, René Vienet vincula “Los situacionistas y las nuevas formas de acción en la política y en el arte”, aceptando que “Hasta ahora nos hemos vinculado a la subversión utilizando principalmente formas y categorías heredadas de luchas revolucionarias del siglo pasado. [...] en el terreno tradicional de la superación de la filosofía, de la realización del arte y de la abolición de la política.” (MAYOS, 2013, p. 272)

Pero en todo caso, es explícita la voluntad de superar el estadio de las vanguardias artísticas, pues juzgan que se han quedado en medias tintas revolucionarias y que el tiempo está maduro para una nueva vanguardia revolucionaria más politizada y con nuevas armas culturales. No ha de extrañar pues, que en ese momento de profunda reflexión y reformulación de las prioridades, algunos situacionistas contemplen la posibilidad de prescindir del concepto “situación”. Por eso y usando el mismo nombre que los definía, Debord afirma “yo todavía no he realizado ninguna película situacionista” y otros (llevados por el espíritu autocrítico) se llamen “antisituacionistas”. No obstante creemos que, incluso éstos, quieren mantener el concepto de “situación” dándole una mayor potencialidad política. 

Apartándola de las limitaciones artísticas, se trata de dar un sentido a la “situación” que sea más adecuado para la política y la Revolución. Eso sí, siempre dentro del sentido muy amplio y libérrimo capaz de transformar toda la vida cotidiana, incluyendo deseos y pasiones, partiendo de experimentos ingeniosamente creativos y fascinantes juegos lúdicos... Este cambio se evidencia cuando piensan las “situaciones” “como momentos lefebvrerianos” en homenaje al marxista muy heterodoxo e influyente aliado temporal del Situacionismo: Henry Lefebvre (MAYOS, 2013: 59) “como momentos de ruptura, de aceleración, las revoluciones en la vida cotidiana individual.” (MAYOS, 2013: 60. El subrayado es del original)


Esta es la nueva concepción de “situación” que podemos encontrar tras los acontecimientos de 1966 en el sindicato de estudiantes de la Universidad de Estrasburgo. Pues en muchos sentidos esos acontecimientos pueden ser interpretados como una hábil y revolucionaria “situación”. Como dirá Khayati mediante una predeterminada situación se tratada de “precipitar la crisis de la sociedad como conjunto... Se creaba una situación en la que la sociedad era obligada a financiar, dar publicidad y difundir una crítica revolucionaria de sí misma, y además acababa confirmando esa crítica mediante sus reacciones ante ella”. (IS, vol. 3, 2001, p. 493)


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