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May 8, 2016

POLITIZACIÓN SITUACIONISTA. ADIOS AL LETRISMO



Guy Debord, en el documento fundacional de la IS en 1957 “Informe sobre la construcción de situaciones y sobre las condiciones de la organización y la acción de la tendencia situacionista internacional” dice: 

“Pensamos que hay que cambiar el mundo. Queremos el cambio más liberador posible de la sociedad y de la vida en la que nos hallamos. Sabemos que este cambio es posible mediante las acciones apropiadas. 

El tema que nos ocupa es precisamente el uso de ciertos medios de acción y el descubrimiento de nuevos -que se pueden identificar fácilmente en el dominio de la cultura y de las costumbres-, aplicados en la perspectiva de una interacción de todos los cambios revolucionarios.

Lo que llamamos cultura, manifiesta, pero también prefigura en una sociedad dada, las posibilidades de organización de la vida. Nuestra época se caracteriza fundamentalmente por el retraso de la acción política revolucionaria respecto del desarrollo de las posibilidades modernas de producción”.
  

De resultas de Hurlements, Debord se aparta del marco letrista definido por Isidore Isou y, seguramente, adquiere una idea más profunda de las potencialidades de una “situación” convenientemente construida y el sentido último que debería tener. Isou había usado eficazmente sus “escándalos” sociales para potenciar el letrismo y su persona, aunque siempre en el marco de la alta cultura, como una mera estrategia de lucha entre las modernas vanguardias. Es decir Isou se había limitado a moverse en la línea iconoclasta de Dadá pero limitada a una reducida elite. 

En cambio Debord concibe la “situación” como una acción más popular, de impacto masivo, que fuera revolucionaria tanto antropológica como políticamente, que transformara la vida cotidiana de la gente y que usara a los nuevos medios de masas para potenciar su efecto. Por eso, con independencia de Isou y constituidos secretamente en Internacional Letrista, Gil J. Wolman, Serge Berna, Jean-L. Brau y Debord planifican una “situación” mucho menos elitista. 

Va dirigida en contra de un muy popular mito contemporáneo del “séptimo arte”, que además también tiene unas claras connotaciones políticas: Charles Chaplin. 

Fue el 29-10-1952 cuando Chaplin presentaba en París su película Candilejas. Por entonces era especialmente idolatrado por las izquierdas europeas al haberse tenido que exiliar de los Estados Unidos, luego de ser declarado “subversivo” por sus simpatías socialistas por el Fiscal General norteamericano -ni más ni menos-. 

Ahora bien la recién creada IL, que ha adquirido un nuevo y más radical contenido político que la aparta de Isou, quiere ridiculizar como meramente sentimental y demasiado tibia esa toma política de Chaplin. Quiere mostrar que hay una vanguardia política y artística mucho más radical y revolucionaria, la cual además se niega a caer en la trampa emotiva que impide denunciar la culpable colaboración en la persistencia del sistema de una izquierda moderada que no hace sino diferir el momento revolucionario. 

Por eso, a pesar que Chaplin se ha “identificado con el débil y el oprimido, [y que] atacarte a ti ha sido atacar al débil y oprimido” (MARCUS, 1993: 363), la IL lo denuncia –a través del reparto masivo de folletos- por ser un “chantajista emocional, maestro-cantor de la desgracia. [...] Tu eres ‘el-que-pone-la-otra-mejilla’, -la otra mejilla del culo-”, mientras que para los miembros de la IL, que son “jóvenes y hermosos, la única respuesta al sufrimiento es la revolución.” (MARCUS, 1993: 363)

Como vemos, politizándose radicalmente, la Internacional Letrista ha entrado así en la dialéctica donde los “revolucionarios” de hoy acusan de “antirevolucionarios” a sus propios ídolos revolucionarios de poco antes. Esa dialéctica ya fue experimentada durante los distintos momentos de la Revolución francesa y durante la lucha entre las sucesivas vanguardias artísticas a finales del XIX y la primera mitad del XX. Pero ahora además manifiesta un elemento nuevo que antes sólo se daba implícitamente: los vanguardistas revolucionarios se describen a sí mismos como “jóvenes y hermosos”.

Seguramente tal expresión homenajea a Saint-Just -miembro del Comité de Salvación Pública durante la Revolución francesa- que era llamado por su bella juventud y su radicalidad revolucionaria: el “arcángel de la Revolución" o “del Terror"-. Pero más allá de ese homenaje, sobre todo es síntoma de un trazo relevante en los movimientos vanguardísticos y revolucionarios de la segunda mitad del siglo XX: las diferencias ideológicas e intelectuales se interpretan y vehiculan también (aunque no solamente) como un conflicto generacional.

La imagen popular del nuevo sujeto revolucionario será cada vez más joven e identificado con los ideales juveniles. Sin ir más lejos, incluso en Hollywood, por los mismos años triunfan películas que marcan una época como The wild one (1953) de Laszlo Benedek y que consagra el joven Marlon Brando con chaqueta de cuero y liderando una banda de motoristas o Rebel Without a Cause de Nicholas Ray (1955) con James Dean.

Con este proceso, no desaparecerán las diferencias de clase, ni las diferencias ideológicas vinculadas a la redistribución económica, los derechos civiles formales y que la reivindicación a ser incorporados en el sistema. Pero cada vez deberán compartir su influencia con valores vinculados a diferencias de género, generacionales o culturales, relacionados con el reconocimiento y a la resistencia a ser absorbidos por el sistema. Hemos desarrollado estas cuestiones en MAYOS, 2014, pp. 11-20 y 195-216. 

En ese momento, las mayores y más apasionadas ansias revolucionarias pasan a radicar más allá del trabajo y la producción, para reivindicar -por ejemplo- demandas estéticas, culturales y de tiempo libre creativo -en las que el situacionismo es anticipativo y un movimiento clave-. Ahora se politizan derechos civiles más exigentes, menos formales y más diferenciados. Se reivindica el pleno reconocimiento de las particularidades humanas de mujeres, jóvenes, estudiantes, lumpenproletariado... Y además considerando la plena integración en la sociedad y el sistema, como la traición más radical y terrible.

Inaugurando gran parte de esa evolución, la Internacional Letrista se está politizando y por tanto deja atrás las perspectivas elitistas y menos sociales del letrismo y –como acusan- de “Isou y sus sumisos y encanecidos seguidores”. Por eso proclaman: “sabemos que hoy en día las novedades están en todas partes, y que ‘las verdades que ya no son interesantes se convierten en mentiras’ (Isou). [...] Creemos que la más urgente expresión de libertad es la destrucción de los ídolos [...] El hecho de que ciertos letristas, y el propio Isou, hayan elegido negarnos [al no apoyarlos en su ataque a Chaplin] es una prueba de la incomprensión que siempre ha separado, y todavía separa, a los extremistas de aquellos que ya no están cerca del filo, y nos separa de aquellos que han renunciado a la ‘amargura de la juventud’ y ‘sonrien’ ante las glorias establecidas... y separa aquellos que tienen más de veinte años de aquellos que tienen menos de treinta.” (MARCUS, 1993: 364)


Sorprenden sin duda algunos de los términos de confrontación (por ejemplo entre jóvenes de “más de veinte años” y ancianos “encanecidos” de ¡”menos de treinta”!) pues en ese momento Isou tenía “ya” ¡27 años!, mientras que los cuatro fundadores de la Internacional Letrista apenas pasan unos pocos años de los veinte.

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