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BOOK PUBLICATION http://orcid.org/0000-0001-9017-6816    - Interrelación filosófico-jurídica multinivel. Estudios desde la Intercons...

Dec 6, 2014

SOCIEDAD DEL DESEO DIFERIDO HASTA EL COLAPSO



¿Las sociedades cognitivas turboglobalizadas pueden constituir un laberinto para la población? ¿Qué naturaleza tendría ese laberinto? ¿Cómo puede la gente empoderarse de él y frente a él? ¿Qué dificultades plantea para la población no educada en el turbocapitalismo cognitivo y neoliberal?

Sin duda, son terribles las expectativas a largo plazo para los trabajadores cognitivos postindustriales formados en la actual modernidad líquida y turboglobalizada. Pero queremos destacar que aún es peor para la población que fue formada y aculturizada en contextos rurales o preindustriales (que es el caso de mucha población en países de rápido desarrollo como el Brasil).



Pensemos en los inmigrantes de zonas rurales, centradas en el sector primario agrícola-ganadero muy poco modernizado o industrializado que –de un salto- deben buscar trabajo en laberínticas ciudades cada vez más postindustrializadas y marcadas por las tecnologías de la información y la comunicación. Se dirá, que normalmente no les esperan trabajos de esa naturaleza sino otros muy degradados, que no exigen casi ninguna formación como los mal pagados trabajos domésticos, etc.



Efectivamente ya es difícil y alienante el salto a la industrialización fordista taylorista; pero aún lo es mucho más el abismal salto a trabajos cognitivos postindustriales. Pues éstos suelen exigir bastante formación, capacidades (capabilities) y empoderamientos muy complejos -que tan sólo ahora los expertos comienzan a comprender en su magnitud-. 



Es un salto abismal, prácticamente de la ruralidad premoderna a las laberínticas metrópolis postindustriales –con sus favelas y suburbios- que, además, muchas veces están perdiendo los trabajos y ocupaciones industriales fordistas-tayloristas. Esos inmigrantes –de los que el Brasil tiene muchos- se enfrentan con enormes dificultades psicológicas, culturales, de hábitos y relaciones sociales, de estrategias vitales y formas de empoderamiento…



Como en el laberinto del desierto, se les pide que -casi sin guía y sin poder prever sus rendimientos a largo plazo- inicien un larguísimo, solitario y desalentador camino que –además- suele implicar una compleja formación y una persistente autoexigencia que raya con l’autoexplotación (como avisa Han).



No se puede negar que hay elementos paradójicos, contradictorios y desalentadores en las mencionadas tendencias de las sociedades postindustriales, líquidas, turboglobalizadas y del conocimiento. Además, no ayuda nada a superar las enormes dificultades de orientación y empoderamiento, que algunos insistan en vincularlos con presuntos déficits de tipo racial o constitutivo, y aún peor a la pereza, el negarse al trabajo y al apartarse de la vida honrada.



Es decisivo entender que la sociedad postindustrial, cognitiva, turboglobalizada y líquida (o en nuestro ejemplo: arenosa) exige -como el laberinto del desierto- una radical apuesta personal (sin guía posible), a muy largo plazo y, a veces, basada más en esperanzas que no en hechos contrastados. Pues una de las dificultades más frustrantes de hoy es que nadie se atreve a detallar la formación exacta que el capitalismo cognitivo y los mercados exigirán el día de mañana. Aún más, lo único que todo el mundo ve es que la formación cognitiva adecuada en el futuro no coincidirá con la actual.



Por ello y para minimizar los errores, se suele apostar por una formación más compleja, completa, sin guía ni selección  (como el laberinto del desierto) para desesperación de trabajadores y ciudadanos. Ello provoca inevitablemente que la sociedad del conocimiento sea vivida como sociedad de la ignorancia. Se convierte en una sociedad donde todos, por más que nos esforcemos, estamos rayando en la ignorancia respecto a la gran mayoría de cosas y somos –además- víctimas fáciles de la obsolescencia cognitiva (sociedad de la ignorancia). Por ello la formación continuada y el perpetuo reciclaje cognitivo se han convertido hoy en algo permanente durante toda la vida (al menos laboral).



Evidentemente, hay aquí un nueva y muy angustiosa sumisión que dura toda la vida y que –cada vez más- es ya presente en las etapas juveniles e incluso infantiles. Para bien o para mal, y quizás por mera necesidad, la sociedad neoliberal cognitiva instruye las nuevas generaciones en tal dirección desde muy jóvenes. Ello no es fácil, a pesar de que de alguna manera las nuevas generaciones han nacido bajo ese destino y se forman en y para esa sociedad.



Pero imaginemos el tremendo choque que sufren en todos los aspectos la práctica totalidad de la población premoderna e incluso moderna que –a veces ya adultos- se tienen que enfrentar con el laberinto del capitalismo cognitivo y la sociedad del conocimiento. Para ellos, nuestras ciudades crecientemente postindustriales y turboglobalizadas se convierten en un laberinto tramposo, incomprensible e irresoluble como nuestro ejemplo del desierto.



El problema ahora ya no es tanto un trabajo alienante, en condiciones pésimas y bajo una tremenda disciplina, pero que es sufrido colectivamente y donde se puede tomar a otros como guías (como sucedía en el fordismo-taylorismo de las grandes fábricas). Más bien es un árido desierto en el que hay que buscar individualmente, sin guía y contra toda esperanza un oasis en forma de una educación exitosa, un trabajo en el que destacar por encima de cualquier otro y –por tanto- una apuesta vital oportunista, imprevisible por otros y solitaria.



Estarán ustedes de acuerdo conmigo, en que nuestras propias vidas (inseparables como anticipó Max Weber de nuestra profesión) están basadas en una compleja formación y un proyecto de vida a muy largo plazo. Pero paralelamente hoy todo proyecto de vida se hace crecientemente imposible por la aceleración que impide cualquier reflexión o mínima seguridad. Hay que reconocer que -para la sociedad cognitiva postindustrial y turboglobalizada- valemos tan sólo lo que ahora mismo vale para los mercados esa formación profesional e, incluso, el proyecto de vida que la ha hecho posible. Un error -o simplemente haber desfallecido ante esa complejísima formación- comporta fácilmente el fracaso, la obsolescencia cognitiva e incluso la exclusión social.



Actualmente, ésta es una causa creciente de inadaptación, exclusión y falta de empoderamiento para enormes capas de la población mundial. Quizás es especialmente importante en países emergentes como el Brasil que tienen que gestionar el paso de gran parte de su población de entornos rurales y preindustriales a otros de ya postindustriales, cognitivos, turboglobalizados y neoliberales.



Noten ustedes que no se trata tan sólo de alfabetización, sino de algo más difícil, básico, cosmovisional, cultural-civilizatorio y con terribles efectos a corto y largo plazo. Pues incluso comporta que retornen fenómenos que parecían superados: ¡la pobreza se hereda! E incluso, muchas veces, tener trabajo (pero degradado y sin formación) ya no es garantía frente a la exclusión, ni permite acceder al llamado “ascensor social”.





Nuevos bloqueos, propuestas más potentes



Por eso, aparecen bloqueos nuevos y muy poco estudiados, causantes de que enormes capas sociales no puedan empoderarse de sí mismas ni hacer frente a la exclusión y la pobreza. Esos grupos –especialmente cuando se enfrentan al salto social que analizamos- son los grandes damnificados y los nuevos analfabetos funcionales del capitalismo cognitivo postindustrial. Además, para su empoderamiento no basta en absoluto con las estrategias tradicionales -aunque hayan dado buenos resultados- como meros programas de alfabetización o de ayuda social. Aunque éstos continúan siendo condición de posibilidad de empoderamiento, hay que pensar intervenciones más complejas, macrofilosóficas y atendiendo al conjunto de restos cultural-cosmovisionales a que tiene que hacer frente.



Pues quizás el bloqueo más básico que les impide empoderarse de sí mismos y de la sociedad del conocimiento es de tipo cosmovisional, ante el reto de asumir la complejísima capacitación personal que se les exige. Pues tienen -ni más ni menos- que definir autónomamente un ambicioso proyecto formativo y cognitivo a largo plazo, que incluya tanto el continuo reciclaje, como la diferenciación creativa y competitiva. Además siempre subordinado terriblemente a la fría y cambiante valoración de los “mercados” turboglobalizados postindustriales.



Entiéndanme bien: no estoy diciendo que todo el mundo tiene que ser universitario ni intelectual. Estoy diciendo que las sociedades avanzadas neoliberales exigen -cada vez más y para cualquier trabajo- una formación cognitiva mínimamente compleja y diferenciada competitivamente de los otros trabajadores. Conseguirla –incluso cuando sea relativamente limitada-  presenta enormes dificultades para quien accede al capitalismo postindustrial y turboglobalizado, prácticamente desde mentalidades premodernas y comunidades que -tan sólo le deben a la sociedad avanzada- su profunda desestructuración. Ese salto abismal es en muchos aspectos algo casi inconcebible y que se parece a la travesía de nuestro laberinto del desierto.



Además -si el entorno de acogida son las favelas y otros suburbios degradados- el desempoderamiento, miseria y exclusión sufridos por la gente obliga a intervenciones mucho más potentes y reflexionadas de las que normalmente les ofrecemos. Para que puedan empoderarse no basta –aunque es imprescindible- garantizarlos el acceso efectivo a los recursos necesarios, sino sobretodo facilitarles la obtención de la necesaria autonomía personal en el marco del capitalismo postindustrial, cognitivo y turboglobalizado.




Para ello debe potenciarse –al nivel del resto de la población- su capacidad cognitiva, en las TICs y para la movilidad global (superando incluso fronteras del Estado-nación). También hay que evitar tendencias cercanas al ludismo que lamentando la globalización –cosa que es lógica- se limitan a estériles estrategias negadoras en lugar de empoderadoras. Es más importante y efectivo empoderar a la población para que autónomamente y en sus respectivas comunidades hagan frente a la turboglobalización, que no pretender protegerlos de ella, sin poder bloquearla efectivamente.



En ese caso, como mucho tan sólo se consigue retrasar un poco el drama de una población indefensa. Pues -por el momento- estamos en una situación crónica de escasez de trabajo , como predijo en 1995 Jeremy Rifkin a El fin del trabajo. El declive de la fuerza del trabajo global y el nacimiento de la era posmercado.



Infinito diferir del deseo



Diferir enormemente la satisfacción del deseo, durante una crecientemente larga formación y profesionalización es un elemento tremendamente nuevo en el capitalismo cognitivo, turboglobalizado y consumista. De hecho trastoca radicalmente las tradicionales relaciones del trabajo y las mentalidades asociadas con él. Este cambio perjudica especialmente a la parte de la población más alejada de las experiencias formativas clave del actual capitalismo cognitivo. Y ello afecta a países como el Brasil que tienen muchos habitantes de ese tipo. Analicemos brevemente ¿por qué?



Hegel decía que el trabajo es deseo diferido, porque para poder consumir y satisfacer los deseos, primero se debe reprimirlos mientras se trabaja. Sólo así, el trabajador gana los medios materiales para poder satisfacer -más tarde- su deseo. En la sociedad fordista y taylorista ese deseo era brutal e intensivamente reprimido y diferido. Ahora bien, con independencia de que los sueldos solían ser miserables, también es verdad que se solía acceder con relativa rapidez a ellos. Había muchos trabajos que no exigían formación previa y –además- se solía cobrar por semanas e incluso por días. Ello hacia que psicológicamente el trabajador –alienado en otros aspectos- percibiera rápida y claramente la recompensa por su trabajo.



Por tanto había algún aliciente inmediato para aceptar la represión asociada al trabajo, si bien –en contrapartida- ello tendía a desencentivar la formación del trabajador a largo plazo. Por tanto y al menos en las labores manuales que exigían menos capacitación, el trabajador invertía poco pues su formación era corta. Como teorizaba Marx básicamente se limitaba a vender su fuerza de trabajo por un tiempo estipulado. En el fordismo-taylorista se le exigía una gran sumisión y disciplina durante el tiempo de trabajo, pero a cambio solía recibir pronto su recompensa, que era pobre pero muy reconocible: el salario.



Ahora bien en la sociedad del conocimiento postindustrial, el acceso al trabajo y a la recompensa material se ve diferida enormemente porque primero es necesario adquirir una compleja y dilatada formación. Ello hace que –como se teoriza mucho hoy- el trabajador sea también inversor y empresario de sí mismo; y que tiene que encarar su vida como emprendedor ¡incluso desde las primeras etapas formativas!



Ello hace que –muchas veces- cuando se accede por fin al trabajo -sobre todo si es de alto nivel- hayan sido necesarias al menos dos décadas de formación continuada y exitosa. Por tanto el acceso al trabajo se ha diferido mucho y aún más la recompensa material en forma de salario. De hecho se ha diferido tanto que resulta del todo inasumible para cualquier trabajador tradicional y que no haya entrado en la dinámica del capitalismo cognitivo y/o de las profesiones liberales. Estamos hablando de más de dos décadas difiriendo o reprimiendo los deseos de tener familia propia, casa, coche, etc. ¡y eso en la sociedad de la absoluta tentación para el consumo!



Nunca antes la gente normal se encontraba ante una tan larga represión del deseo, antes de conseguir –¡quizás!- lo que se buscaba. Quizás sólo los príncipes o los aristócratas tenían que esperar tanto tiempo para conseguir el objetivo a que estaban destinados; si bien hay que reconocer que mientras tanto recibían apreciables recompensas que suavizaban el retraso en conseguir su deseo principal. En cambio, la gente normal tendía a conseguir en las primeras etapas de la adultez el objetivo vital al que estaban destinados (o a perder toda esperanza). Era pues normal conseguir el propio lugar independiente en la sociedad (familia, estatus, profesión…) poco más o poco menos de los 20 años.



En cambio -en la modernidad líquida, cognitiva y turboglobalizada- alguien de clase media-baja que quiera ascender socialmente mediante su profesión, fácilmente puede tardar hasta los 30 años o más allá para sentir que logra medianamente sus objetivos. Además, la inestabilidad de los cambios tecnológicos, cognitivos y sociales puede hacer fácilmente que esté en situación inestable o precaria hasta los 40 años como mínimo. Incluso es posible que tenga que luchar más allá para mantener el necesario reciclaje cognitivo y para evitar la obsolescencia en su profesión.



Reconozcamos humildemente que esa situación -de los que somos los aparentes triumfadores en la sociedad del conocimiento- sería valorada por la mayoría de los trabajadores de otros tiempos como una extraña esclavitud. Pues, como dice el filósofo Byung-Chul Han, se parece a una autoesclavitud persistente, sin fin y que apunta al colapso. Pocas personas no formadas en el capitalismo cognitivo asumirían un reto y una carrera profesional de este tipo, como una travesía en el desierto de nuestro ejemplo. Pues con independencia de la recompensa final, comporta diferir tres o cuatro décadas el deseo e incluso las exigencias más habituales de la vida. Y cada vez más ¡sin demasiada seguridad de encontrar finalmente la recompensa de la salida del laberinto desértico!



Podemos reconocer humildemente que somos prisioneros de esta extraña trampa del capitalismo cognitivo actual. Ahora bien, también es cierto que están desapareciendo los trabajos preindustriales e, incluso, los fordistas-tayloristas, y que los que quedan se waltmartizan y son miserablemente retribuidos. Por tanto -la naturaleza actual de la “iron cage” del capitalismo que teorizó Weber- impone que haya menos trabajo a repartir, y que las mejores y más habituales labores sean cada vez más cognitivas y con una exigente formación  previa. Si ese breve diagnóstico es hoy cierto, hay que concluir que –si no media un cambio social revolucionario- aquellos grupos sociales -que sienten como una esclavitud inaceptable la condición que hemos esbozado- cada vez más serán excluidos del mundo laboral y profesional.



Por tanto, de momento y tristemente, esa “esclavitud” o altísima capacidad de retrasar la satisfacción del deseo es hoy una exigencia que condena al fracaso a quien no la tiene o no concibe la necesidad de tenerla. Los adaptados y triunfantes en la sociedad postindustrial han interiorizado tanto la represión que se convierten en sus propios explotadores, lanzados solo a la búsqueda del éxito. Por tanto el neoliberalismo cognitivo y turboglobalizado tiende a obligar a actuar como si se fuera un empresario de sí mismo, frente a otros competidores también empresarios de sí.



Como dice Byung-Chul Han: “En el neoliberalismo, trabajo significa realización personal u optimización personal. Uno se ve en libertad. Por lo tanto, no llega la alienación, sino el agotamiento. Uno se explota a sí mismo, hasta el colapso. En lugar de la alienación aparece una autoexplotación voluntaria. Por eso, la sociedad del cansancio como sociedad del rendimiento no se puede explicar con Marx. La sociedad que Marx critica, es la sociedad disciplinaria de la explotación ajena. Nosotros, en cambio, vivimos en una sociedad del rendimiento de autoexplotación”.



Vivimos pues en una situación que obliga a que el “homo laborans” sea inseparablemente “verdugo y víctima de sí mismo”. Pues al final nunca vencerá ni podrá salir del laberinto del desierto, sino que finalmente una inevitable obsolescencia acabará con su fuerza cognitiva, al igual como el duro trabajo en las minas del primer capitalismo acababan muy pronto con la fuerza del trabajo y la juventud de sus trabajadores.



Tentación del consumo



Además, como los actuales países avanzados son sociedades del espectáculo y basadas en la seducción del hiperconsumo, presentan la dificultad añadida de cómo motivar las clases medias-bajas para mantener diferido el deseo durante años y años de educación. De acuerdo con lo que hemos dicho, si no se ha podido experimentar mínimamente la necesidad de tal formación cognitiva, no es de extrañar que muchas capas de la población la desconozcan, desatiendan o incluso la ridiculicen. Es terrible, porque con ello –sin darse cuenta- se apartan de una vía no conflictiva hacia su empoderamiento que pueda romper el ciclo vicioso de la exclusión y la pobreza.



No hay que menospreciar la dificultad cosmovisional y de mentalidad social que ejemplificamos con nuestra metáfora del laberinto del desierto. Pues sólo puede ser superada con potentes perspectivas macrofilosóficas, capaces de integrar todos los aspectos, ya sean positivos, como negativos. Además, en tanto que tocan elementos cosmovisionales muy profundos, tales perspectivas educativas deben actuar muy pronto en la vida de la gente. Pues las mejores etapas humanas para asumir cambios cosmovisionales de tal profundidad son la infancia, la juventud y –ya menos- la rebelde adolescencia.



No olvidemos que en el capitalismo cognitivo, es imprescindible la previsión y formación a largo plazo. Ello requiere ser capaz de represión –al menos extensiva- a largo plazo y soportar un importante incremento de lo que Sigmund Freud llamaba “Malestar en la cultura”. Creemos que su versión actual, no puede reducirse al intensivo “malestar laboral” típico del fordismo taylorista. Pues deviene algo más omnipresente incluso muchos años antes de cualquier trabajo. Ee decir: en la larga formación cognitiva para algún día ser apto o “digno” de obtener un trabajo y un salario.



Naturalmente los que estamos aquí hemos vivido esa exigencia. Pero yo mismo no me di cuenta de ella hasta bastante tarde, pues durante mi infancia no fui en absoluto un intelectual. Ahora bien, mirando atrás y a partir de la adolescencia, la realidad es que mi vida es coextensiva con mi formación cognitiva. Si no, no estaría aquí. Valoren ustedes hasta qué punto nos pasa cada vez más lo que –creo- dijo un escritor judío en yidish: hasta en sus primeros recuerdos siempre estaba estudiando, leyendo, aprendiendo, memorizando, formándose… Es decir, su vida entera estaba dirigida a devenir ese trabajador cognitivo  que muchos judíos anticiparon y que hoy se va convirtiendo en la versión actual de la “caja de hierro” de Max Weber.



Recuerden la formulación concreta weberiana de la teoría y metáfora de la “jaula de hierro”, con que quería pensar la sociedad capitalista y su omnipresente ethos. Verán que el actual capitalismo cognitivo es su clara continuación, aunque hayan muchas sutiles e importantes diferencias.






Pues bien como no puedo abusar mucho más de su atención, tan sólo quiero destacar de nuevo: la enorme dificultad de las clases populares -provenientes de un degradado entorno rural agrario y preindustrial- para concebir y llevar a cabo la larga carrera autorreprimida y autodirigida que cada vez más exige hoy el capitalismo cognitivo.



Pensemos que una de las pocas opciones honradas, pacíficas y aceptables por nuestra sociedad de romper el ciclo vicioso de la exclusión y la pobreza, y para empoderarse eficazmente, es construirse la propia formación cognitiva de la forma requerida por el mercado capitalista neoliberal y turboglobalizado. Pero recordemos que hoy el desconcierto es generalizado y mayúsculo, la escuela tiene cada vez más dificultades para responder eficazmente a ese reto y que, por tanto, deben ser los propios individuos los que lo encaren. Estarán de acuerdo conmigo que las ayudas nacionales o internacionales son insuficientes, y que por tanto deviene una tarea en gran medida solitaria-individual durante toda la vida.



Además en países emergentes como el Brasil, muchas capas de la población deben saltarse toda la experiencia de modernización industrial para pasar de degradadas sociedades agrarias y no alfabetizadas hasta la más compleja y turboglobalizada sociedad del conocimiento. Sin duda se trata de una dificultad hercúlea, pues requiere mentalidades y capacitaciones prácticamente imposibles de obtener tanto en sus comunidades de origen como en las degradas favelas de recepción.



El salto al trabajo fabril fordista-taylorista ya era muy difícil para gente acostumbrada a la vida al aire libre, sin casi exigencias sociales, sin relaciones con la máquina y sin la mínima experiencia de la acumulación capitalista. Recordemos que solían provenir de un entorno –como teorizaron Marx o Polanyi, pasando por Weber- con tierras comunitarias y sin los valores calvinistas y capitalistas de disciplina, ahorro y previsión a largo plazo.



Por ello uno de los problemas de las primeras fábricas era fidelizar el trabajador que había cobrado su jornal para que volviera al trabajo antes de que se le terminara el dinero. Pues muchos sólo solían volver cuando era estrictamente necesario y ya no disponían de efectivo ni crédito. Hay aquí una cierta lógica, pero evidentemente no es la industrial capitalista. Pues bien, esa lógica tuvo que crearse; como también hoy se están creándo otras lógicas postindustriales.



Es evidente que las poblaciones sufren mucho ante cambios tan intensos y profundos. Y muchísimo más si se parte de cero o desde perspectivas muy lejanas, cuando no opuestas. Esa es la dificultad añadida a las habituales exclusiones que gran parte de la población sufre hoy, la desempodera y la condena a un laberinto ciudadano para el que no está preparada.



Evidentemente no se nos escapan y los hemos mencionado antes, los bloqueos y dificultades de todo orden que la sociedad y ciertos sectores ponen en su contra. Ya hemos dicho que la pobreza está en gran medida asociada al expolio y la exclusión, pero estos se facilitan muchísimo si no se percibe la daminificación que ello representa ni se conciben los mecanismos que la evitarían.



Como explica maravillosamente Foucault con su teoría del “encierro moderno”, fue muy difícil generar socialmente la necesidad que la gente optara por trabajar de sol a sol en ruidosas e insalubres fábricas condenados a acelerados ritmos y muy disciplinadas rutinas mecánicas. Pero muchísimo más difícil es que alguien se autoencierre –casi sin posibles guías- para formarse a muy largo plazo ya en edades jóvenes, cuando percibe otros deseos y necesidades más inmediatas y –además- en competencia con sugestivas alternativas momentáneas de consumo o diversión que nada exigen, pero bloquean el desarrollo personal.



Es una gran dificultad, aunque hoy puedan haber mejores programas de alfabetización, a veces el entorno pueda ser más agradable y tenga algún caritativo maestro que le anime a formarse. Pensemos que estamos hablando no de una decisión puntual sino de todo un proyecto y desarrollo de por vida. Si el trabajo y la formación son deseo diferido, hoy ese deseo –exacerbado por la sociedad del consumo- se difiere a muy largo plazo (mucho más que en ninguna época anterior!). Una vez más se trata de una alternativa semejante a los dos tipos de laberintos planteados por Borges.




Como hemos dicho, nunca ha sido fácil el proceso industrializador. Fueron necesarias muchas condiciones sociales y presiones de todo tipo para generar al obrero industrial. “Trabajo” es un término nacido de un instrumento medieval de tortura y -aunque se puede definir a ciertos tipos de humanidad como “homo faber”, “homo eoconomicus”, “homo Laborans” (Hannah Arendt)- ninguno de estos tipos de humanidad no es inevitable ni totalmente espontáneo. Pues muchos milenios de evolución darwiniana y muchos siglos de evolución cultural han sido imprescindibles para ello.



Por eso tenemos que ser conscientes de nuestra ingenuidad cuando, en pocos años y quizás alguna ayuda oficial, pretendemos obtener empoderamientos efectivos de la población en las crecientes ciudades. Las dificultades que hemos apuntado causan graves exclusiones y que la ciudad no sea un derecho efectivo, sino un terrible laberinto para gran parte de su población. 

He hablado de estas cuestiones -para Polos de Cidadania- en el III Seminário Internacional Cidade e Alteridade y el II Congresso Mineiro de Direito Urbanístico (12-14 novembro UFMG, Bello Horizonte, Minas Gerais, Brasil). Y amablemente ha sido recogido y divulgado por LABIRINT - Laboratório Internacional de Investigação em Transjuridicidade (UFPB, Paraíba, Pernambuco, Brasil).  
 
De estas cuestiones hay resumenes en castellano en el post CAPITALISMO COGNITIVO: LABERINTO CIUDADANO y en portugués en el post EMPODERAR PARA A PÓS-INDUSTRIALIZAÇÃO y he expuesto una primera parte en el post ¿DERECHO A LA CIUDAD? y una segunda parte en el post COGNITIVO-POSTINDUSTRIAL CONTRA FORDISTA-TAYLORISTA.

2 comments:

  1. Hola Gonçal,

    Coincido plenamente. Sólo quisiera remarcar que el hecho de que “ nadie se atreve a detallar la formación exacta que el capitalismo cognitivo y los mercados exigirán el día de mañana” supone una grave dificultad añadida. Más aún: una auténtica paradoja, ya que, por un lado, se le exige a la población que destine su tiempo y sus recursos (ambos, por cierto, cada vez más escasos entre la legión de “precariados” en continuo ascenso) mientras que, por otro lado, se exige una adaptación continua, una flexibilidad y versatilidad casi sin límites. Y no sólo a nivel tecnológico, sino en todos los ámbitos: en una sociedad líquida regida por el turbocapitalismo, los conocimientos, capacitaciones e, incluso, los hábitos, deben cambiar sin apenas haber tenido tiempo de cristalizar y solidificarse, como acertadamente señalan Sennett y Bauman. En resumidas cuentas, debemos diferir la consecución de nuestros deseos hasta límites aberrantes… sin tener la menor certeza de cuáles serán los conocimientos, aptitudes y requisitos que se esperará de nosotros cuando entremos en el mercado laboral. Estamos, como muy bien remarcas, ante un “laberinto tramposo, incomprensible e irresoluble”. Cuyos itinerarios y cuyas reglas, además, cambian sin cesar (y, claro está, sin previo aviso).
    Frente a ello, no hay más remedio que proceder a empoderar a la población. Algo que pasa por “facilitar la necesaria autonomía personal en el marco del capitalismo postindustrial, cognitivo y turboglobalizado”. Y –añadiría yo- también por potenciar las habilidades sociales y facilitar las herramientas necesarias para actuar colectivamente.
    Y es que, en mi opinión, los desafíos son de tal calibre que el mero empoderamiento personal, si bien es imprescindible, no es condición suficiente. Potenciar la capacidad y la predisposición para crear redes o, mejor, para tejer crear grupos estables, constituye no sólo una herramienta cada vez más preciada para evitar la perpetuación de la pobreza y para acceder a la (escasa, como demuestra Piketty) movilidad social ascendente, sino que también constituye la única esperanza, por pequeña que sea, de hallar una salida a este laberinto absurdo y casi irresoluble en el que nos hallamos inmersos. O, si tal salida no es posible, al menos transitar por sus senderos con un mínimo de dignidad, humanidad y autoestima.
    Saludos,
    Lluís

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  2. Totalmente de acuerdo, Lluís. Frente al laberinto tramposo, incomprensible e irresoluble del desierto, las soluciones totalmente individualistas conducen al fracaso. Incluso cuando parece que "ganas" en realidad continuas en medio del desierto. La angustia y la desmoralización simplemente quedan diferidas o escondidas. En cualquier momento, el cansancio o la depresión convierten al presunto "triumfador" en un "caído" más. No quiero usar el término "fracasado". Saludos.

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