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Dec 12, 2014

COLONIZACIÓN Y DESARROLLO



¿Se puede correlacionar el actual nivel de desarrollo de los países con el tipo de colonización que sufrieron? ¿El impacto de los colonizadores se puede rastrear incluso hoy y relacionarlo con el subdesarrollo? En esa dirección Daron Acemoglu y James A. Robinson han llevado a cabo un muy significativo “experimento histórico”. Con él quieren argumentar la superior importancia por lo que respecta al “desarrollo humano” de los aspectos institucionales y políticos (incluyendo a los colonizadores) por encima de los geográficos.

Por eso Acemoglu y Robinson se proponen analizar el impacto histórico sobre el desarrollo de las sociedades colonizadas de aquellas instituciones instauradas por los colonizadores. Obviamente las sociedades mantienen las mismas determinaciones geográficas antes y después de su colonización, y su disponibilidad de recursos naturales no ha cambiado apreciablemente. Pero en cambio sí que han cambiado significativamente a lo largo de la historia sus índices de desarrollo, especialmente si se comparan los distintos tipos de colonización.

En concreto Acemoglu compara el posterior desarrollo económico y

humano en función de los distintos tipos de instituciones aportadas por los colonizadores. El punto de partida más enigmático es que hay una sorprendente tasa inversa entre la riqueza de que disponían tales sociedades en el momento de la colonización y la actual (ver gráfico al final de este post). Es decir ¡cuanto más ricas relativamente a las otras eran hacia el 1500 de nuestra era, hoy lo son relativamente menos!

Así sociedades populosas como las de los aztecas, los incas o el imperio mogol (actual India) han sido sustituidas hoy por sociedades con índices de desarrollo humano relativamente bajos en el conjunto de la humanidad. En cambio hoy ocupan posiciones de desarrollo relativamente altas sociedades que eran poco populosas y relativamente atrasadas a inicios del siglo XVI, como sucede en Australia, Canadá, Estados Unidos y Nueva Zelanda



Para hacer comparables las riquezas e índices de desarrollo humano de estas sociedades en el año 1500, Acemoglu y Robinson parten de las mejores estimaciones disponibles (no discutidas por nadie) de su población y nivel de urbanización. Las sociedades tradicionales solían responder muy fielmente a la ley de Malthus que vincula los recursos disponibles (p.e. de comida) y el número de la población existente. Además, el nivel de urbanización indica muy bien los niveles alcanzados de organización política, civilización material y complejidad social. Y ciertamente la comparación de esos índices básicos corrobora las diferencias en 1500 entre los aborígenes australianos, neozelandeses, canadienses y de los Estados Unidos con respecto al nivel alcanzado por las civilizaciones inca, azteca y mogol.

Dado que la geografía no puede pensarse que haya cambiado demasiado y que se hayan implicados muy distintos tipos de cultura, Acemoglu apunta que tal inversión en el nivel relativo de desarrollo alcanzado por esos dos grupos de sociedades, básicamente responde a las consecuencias provocadas por las instituciones establecidas en cada caso por los colonizadores europeos. Pues tales instituciones –a pesar de los grandes y difíciles cambios- han generado una tendencia a muy largo plazo que todavía hoy se percibe en los índices de desarrollo de sus sociedades. A ello apuntan los datos comparativos elaborados conjuntamente con Robinson.

Al parecer, la riqueza relativa de civilizaciones como la azteca, inca y mogol facilitó la instauración de castas o élites “extractivas” que fomentaron el expolio de las grandes riquezas disponibles. Además el relativamente importante nivel de población, así como el hecho que ya estuviera organizada bajo instituciones fuertes, coercitivas y centralizadas, facilitó que se perpetuaran instituciones opresivas y que continuara a largo plazo la exclusión de gran parte de la población. Acemoglu y Robinson ponen como ejemplo de esas instituciones opresivas al servicio de castas extractivas a los distintos tipos de esclavitud, de trabajo forzado y “barato” en las minas, en las plantaciones, etc.

En cambio la poca riqueza de los indígenas australianos, neozelandeses, canadienses o de los posteriores Estados Unidos minimizó los beneficios del expolio inicial. Además, la poca población indígena existente y su distribución entre muchas tribus dispersas minimizó las posibilidades de perpetuar instituciones muy destacadamente opresivas y que excluyeran permanentemente a gran parte de la población. Significativamente tales intentos existieron si bien fracasaron a largo plazo. Acemoglu y Robinson analizan distintos intentos históricos para instaurar instituciones y castas claramente “extractivas” así como su éxito y fracaso a largo plazo.

El resultado comparativo fue que -en sociedades como las azteca, inca o mogol- los colonizadores pudieron aprovecharse duraderamente del conjunto de la población colonizada. Así pudieron -mutando mutandis- constituirse a ellos mismos y mantener a sus herederos (¡incluso después de los procesos políticos de independencia!) como “élites extractivas” a largo plazo. En cambio eso no fue posible cuando la población colonizada era tan pobre, escasa y difícil de organizar como en el caso australiano, neozelandés, canadiense y de los Estados Unidos.

Ello no evitó sino quizás favoreció, estrategias de exterminio o limpieza étnica

(Michael Mann, El lado oscuro de la democracia. Un estudio sobre la limpieza étnica, 2009), pero impidió a los colonizadores constituirse en casta extractiva y estructurar a largo plazo su sociedad en función de instituciones represivas y expoliadoras del conjunto de la población. Los colonizadores no pudieron mantenerse a sí mismos superpuestos a la población indígena (como por otra parte pasaba en la Esparta clásica) ni tampoco limitarse básicamente a “extraer” los recursos elaborados por ella. Al contrario tuvieron que producir por sí mismos y -enfrentados con la dinámica de los distintos intereses- tendieron a establecer leyes e instituciones menos extractivas. En última instancia, tendieron a reconocer y aplicar generalizadamente derechos civiles y políticos, resultando una muy superior tasa de desarrollo humano que en el otro tipo analizado de sociedad colonizada.

Sorprendentemente incluso después de la industrialización, se nota el impacto de tales tendencias y de las instituciones creadas. Pues las élites criollas se habían constituido como “extractivas” y lucharon por mantener su naturaleza básica incluso después de la independencia. Aunque los cambios fueron muchos y notables, tendieron a mantener instituciones extractivas si bien -cada vez más- beneficiándose directamente a ellas mismas y no a la metrópoli colonial.  

Acemoglu insiste en que el resultado de sus análisis conjuntos con Robinson no comporta que haya ninguna inclinación natural hacia buenas o malas instituciones. Pero está claro que hay una significativa tendencia en las sociedades a perpetuar el equilibrio de fuerzas alcanzado o, incluso, acentuarlo en favor del grupo vencedor. Las instituciones vigentes encarnan ese equilibrio y tienden a perpetuarlo o –incluso- a aumentarlo, aunque ello comporte altos y duraderos costes en el desarrollo humano del conjunto de sus sociedades.

Ello explica fenómenos históricos y conocidos generalizadamente de élites que –en defensa de sus privilegios tradicionales- bloquearon efectivamente muchos cambios modernizadores y que –por tanto- deprimieron económica, cultural y socialmente sus países. Es el caso por ejemplo de los conocidos bloqueos a la industrialización, a los ferrocarriles y a instituciones modernizadoras por parte de terratenientes y reyes españoles, austrohúngaros y rusos durante el siglo XIX.


Como vemos el “desarrollo humano” es en última instancia fruto de un cierto y saludable agonismo social que permite adaptar a las instituciones políticas, económicas y sociales a las necesidades cambiantes del bienestar. Por el contrario cuando algún grupo puede bloquear tales cambios adaptativos para mantener sus privilegios, el desarrollo humano conjunto se resiente (aunque manteniendo los privilegios del grupo hegemónico). Por tanto el predominio absoluto de unos grupos concretos y el desempoderamiento de la mayor parte de la población es una de las causas decisivas –si no la que más- para que el desarrollo humano se detenga o –incluso- retroceda.

Acemoglu y Robinson explican con gran rigor y verosimilitud muchos ejemplos en la dirección de la tesis que hemos apuntado. Ahora bien, lamentablemente, tan sólo insinúan breves notas respecto a las causas de la falta de empoderamiento de los otros grupos sociales –demográficamente muy superiores- y de su crónica falta de “capacidad” para desplazar tales “castas extractivas” y obligarlas a entablar relaciones sociales, económicas y políticas más justas.

La capacidad de las clases privilegiadas para mantener su dominio aunque ello comporte el bloqueo del desarrollo del conjunto de sus sociedades, ha sido una cuestión muy debatida tanto por el marxismo, como por otras perspectivas ideológicas (p.e. son muy significativos los “argumentos políticos a favor del capitalismo previos a su triunfo” de Albert O. Hirschman).

Se han estudiado mucho los mecanismos políticos, económicos, jurídicos y militares que permiten mantener el poder de las élites extractivas, pero se ha analizado con poco detalle el correlativo proceso de desempoderamiento de gran parte de la población. Por eso ahora nos proponemos sobre todo apuntar alguna perspectiva macrofilosófica y postdisciplinar sobre la decisiva importancia del empoderamiento ciudadano para garantizar a largo plazo el desarrollo humano de las sociedades.
 

(Viene del post ACTUAR, PENSAR, QUERER y BLOQUEOS DEL DESARROLLO HUMANO y continúa  en el post EMPODERAMIENTO)

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