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Dec 3, 2014

AUTENTICIDAD, HIPERBIEN

¡Qué atrevimiento y qué provocación constituye querer ser auténtico! ¡En qué barbaridad y en qué tortura puede convertirse: el tener que ser auténtico… siempre! Por otra parte ¿la autenticidad se ha convertido en un hiperbien? ¿Sería ello una bendición o más bien un tormento?

Hace unas pocas décadas, las pretensiones de autenticidad eran algo ridículo y snob. ¡Aún más, eran sobre todo un lujo que sólo los muy ricos y los privilegiados podían permitirse! Para todos los demás, ser “auténtico” solía ser el camino más rápido para la perdición y para que sobre uno cayeran los peores males, represiones y vilipendios de la sociedad.

En tal caso y con sospechosa unanimidad, la sociedad establecida reaccionaba con violencia y menosprecio a toda autenticidad y –por supuesto- en contra el pretendido individuo “auténtico”. “¡Cómo se atreve!” venían a exclamarse los bien pensantes y los que permanecían obedientemente en “su sitio”.

En cambio -hay que reconocerlo-, actualmente y por estos pagos post-post-modernos, suele ser bien visto aparentar un cierto nivel de autenticidad. Evidentemente las cosas solo han cambiado de verdad, para aquel que sabe negociar “su autenticidad” sin chocar demasiado con el establishment.

Pues entonces la gente lo mira con arrobamiento y exclaman con adoración: ¡es un artista, un genio, un espíritu libre! “¡Un alma bella –como dijo Hegel-!” cita con gran contento el aprendiz de filósofo, sin saber el sarcasmo y cruel ironía con que Hegel trata esa figura de la conciencia.  

Lamentablemente, todavía la autenticidad y la subjetivación autoexpresivistas están asociadas menospreciativamente al romanticismo más sentimentaloide y superficial. ¡Son cosas de snobs, dandis, bohemios a la violeta o –en todo caso- de la “gauche divine”, “gauche caviar” (que dicen en Francia) y otros “bobos” (bourgeois bohemian)!

Sin embargo, de manera subterránea pero efectiva la autenticidad se ha ido convirtiendo en uno de los “hiperbienes” (según término de Chales Taylor) de nuestras sociedades avanzadas, cognitivas y postindustriales. Es decir se ha ido convirtiendo en un valor máximo y supremo que estructura el conjunto de la axiología y teleología de la mentalidad actual. ¿Ello la iguala al narcisismo hiperindividualista que -según Lipovetsky- sería propiamente el gran valor hegemónico y subyacente en nuestras sociedades?

No creo que Taylor sea tan pesimista pues –además- considera que es necesario tener algún hiperbien y que todas las sociedades o mentalidades han tenido uno u otro (aunque fuera inconscientemente y lo negaran). Pues para Taylor, tener un hiperbien viene a ser la única garantía cierta de mantener algún bien, y no caer en el nihilismo o en la banalización de todo.

Tener algún hiperbien es pues el antídoto del nihilismo. Es el signo más evidente y seguro de que todavía algo vale, que hay valor y no sólo precio. El hiperbien es la respuesta a la aguda crítica de Oscar Wilde: ¡vivimos en una época donde todo el mundo conoce el precio de todo, pero nadie conoce el valor de nada!

Sin hiperbien, todo valor y todo bien quedan degradados, banalizados… hasta la ineficacia, la inanición y la inexistencia. Taylor nos avisa que todo bien y todo valor dependen en el fondo e inevitablemente de un/algún hiperbien. De manera que sin éste, aquellos desaparecen o –al menos- pierden virtualidad.

En cambio, tener algún hiperbien es garantía de que todavía hay para alguien “valor” y no tan sólo “precios”, “costes”, “mercancías” y “medios-de-pago”. En términos del marxismo, todavía el “valor-de-uso” se impone al “valor-de-cambio”, –en términos de Marcel Mauss- todavía el “don” no ha sido totalmente sustituido por el “dinero” o –en términos de Guy Debord- la “vida” no ha sido completamente cubierta por el “espectáculo”.

El hiperbien es signo de que todavía sería posible una salvación (para el católico Taylor: ¡incluso laica!), una redención-transcendencia (Franz Rosenzweig y Walter Benjamin) o un auténtico “Potlatch” consuntivo y regenerador de las relaciones sociales (Mauss y seguramente Debord).

La existencia de algún hiperbien evita que los valores (la dimensión axiológica de los fundamentos y la legitimidad) terminen identificándose degradadamente a las normas y la legalidad efectiva o –aún peor- a mera facticidad sociológico-material (según la tridimendionalidad de Miguel Reale).

Naturalmente tiene toda la razón el profesor Saulo Coelho en que un juez no puede –a sabiendas- dictar sentencia en función de valores personales y violentando la literalidad de la ley. Eso es un delito mucho más allá del “activismo judicial”. El juez debe aplicar leyes y no solo valores, “sus” valores. Por tanto, ningún juez puede invocar su personal “hiperbien” y prescindir de las leyes, las normas, el nomos efectivo (Hegel)… Eso no sería kantismo, sería fácilmente delito.

Otra cosa es que los llamados “derechos humanos” e incluso los “derechos fundamentales” recogidos en las leyes suelen estar –implícita e incluso explícitamente- vinculados jerárquicamente con algún hiperbien del que extraen validez y que –literalmente- “los hace valer”, “les da el valor y el fundamento”. Pensemos por ejemplo en que “la dignidad humana” puede ser para muchos un hiperbien a respetar y que -precisamente por eso- hace respetar a muchos otros derechos humanos fundamentales.

A veces se dice que tales planteamientos pueden contener un etnocentrismo y representar una cierta colonización cuando quieren extenderse globalmente, sin matices y sin el mínimo diálogo intercultural. Si se impone unilateral y violentamente, sin  duda comportan absolutismo y negación del pluralismo. En tal caso puede ser inevitable el famoso “choque de civilizaciones” de Samuel Huntington.

Por ello tiene razón Saulo Coelho cuando afirma la necesidad que el Estado y el ordenamiento jurídico no escojan ni entronicen con absoluta exclusividad a un solo valor, sino que deben ponderar entre los diversos valores e hiperbienes… inevitablemente susceptibles de entrar en conflicto.

Pero también tiene razón Charles Taylor en que -sin algún hiperbien- resultan amenazantes la banalización, la mercantilización e, incluso, el nihilismo. Cuestiones muy diferentes son: ¿cual hiperbien se escoge? ¿Cual es su naturaleza y sentido? ¿Hasta que punto se entroniza o se pondera con algún otro?

Otra cuestión también muy diferente, pero que hay que pensar, es hasta que punto deben ser contemplados en estas cuestiones: la autenticidad (que ciertamente va deviniendo una auténtica “palabra-mundo”) y los valores autoexpresivistas. Y si las están transformando en las sociedades actuales (por ejemplo en la línea de los análisis de las encuestas mundiales de valores que lidera el sociólogo Ronald Inglehart).

En todo ello he estado pensando a partir de la defensa de la tesis doctoral que he dirigido de María Pilar Sabio Eskiroz (1-12-2014 en la UB) sobre ese magnífico macrofilósofo que es Charles Taylor, miembro todavía vivo y productivo de la Generación Looping (1924-35)

Son resultado de reflexionar las cuestiones planteadas por el impresionante tribunal interdisciplinar presidido por Juan Tugores (UB) y formado además por Francesc Núñez Mosteo (UOC) y Saulo Coelho (UFMG, Brasil). Sospecho que alguien diría que todos fuimos muy “auténticos”.
Juan Tugores, Pilar Sabio, Gonçal Mayos, Saulo Coelho y Francesc Núñez

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