Como vemos, tanto en el mundo oriental antiguo como en la figura del señor-siervo, la imposibilidad –a la vez ontológica y gnoseológica- de auténtico reconocimiento impide la libertad. Ahora bien, en el mundo clásico greco-latino eso ha cambiado, pues algunos pueden ser libres y reconocerse entre sí como libres. Lo son individual y personalmente, pero sobre todo en el ethos, las instituciones político-estatales, el arte, la religión y la filosofía.
Otra cosa es que ese reconocimiento incluya (culpablemente diría Kant) una limitación brutal que lo imposibilita al igual que a la libertad. Pues también algunos –de hecho mucho más numerosos- no son reconocidos ni son libres, pues están esclavizados y/o excluidos-as explícitamente de la política. Hegel entiende que sólo es efectivo el libre, universal y recíproco reconocimiento y eso no se consigue en su adorada Grecia, aún menos en Roma y sólo se hace posible con el mundo cristiano-germánico de su tiempo. Sólo en esa madurez de la historia, a pesar que mucha gente no tenga demasiado interés con los auténticos libertad y reconocimiento, se abre plenamente la puerta de la libertad y del reconocimiento social.







